Lo que el historiador vendió en Davos como el nacimiento de una conciencia sintética hostil es en realidad algo mucho más banal y ridículo. Harari confundió el reflejo de un espejo de feria con un monstruo real. Y esa confusión, esa insoportable levedad con la que se tratan temas técnicos complejos ante la élite mundial, es mucho más peligrosa que cualquier algoritmo.
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