Introducción
Como ya hemos visto en la anterior parte, el ejército romano sufrió una serie de modificaciones tanto en su tamaño como en sus tácticas y armamento a lo largo de los últimos siglos del Imperio. Como ya adelantamos, hubo cambios no sólo de índole técnica, sino también en su composición. Señalamos, por ejemplo, que la clase social de los caballeros sustituirá a los patricios y senadores en los roles más importantes dentro del ejército romano, pero la composición del ejército llegará a niveles más profundos con el proceso de barbarización que explicaremos a continuación.
Enlace a la primera parte: (www.meneame.net/story/ejercito-tardorromano-i)
Los soldados
Reclutamiento
Vegecio nos ha legado una sección dentro de su obra dedicada a fijar las normas para la correcta selección de reclutas. En ella se establecen cuatro prioridades: la procedencia geográfica, la edad, la ocupación y las características físicas. Para Vegecio, la leva debe reclutarse al inicio de la pubertad para que el recluta tuviera tiempo de adquirir una buena formación militar. El insiste en escoger a los mejores reclutas no sólo en el plano físico sino también en el plano moral.
El reclutamiento se realizaba entre ciudadanos romanos y sólo excepcionalmente entre esclavos. Los funcionarios, los curiales, y ciertas profesiones consideradas deshonrosas por la legislación romana, como los venteros, taberneros, cocineros y panaderos, quedaban exentos. Vegecio considera que pescadores, pajareros, pasteleros o tejedores y todos los que tengan una ocupación propia de mujeres, debían mantenerse alejados de los campamentos. Es curioso que en otras épocas, algunas de estas profesiones habrían sido consideradas completamente masculinas. Pero para él, la pesca, por ejemplo, no era una profesión vigorosa y que requiera esfuerzo físico real como sí hacía la carpintería o la herrería. En el Codex Theodosianus del año 380 se establecen términos similares a los de Vegecio en cuanto a los oficios.
Con respecto a los esclavos, Trajano, en el Alto Imperio, ya se había mostrado bastante intransigente respecto al reclutamiento de esclavos. Él, en una carta a Plinio el Joven, estableció la necesidad de averiguar si los esclavos reclutados habían sido llamados por los reclutadores, en cuyo caso estos eran culpables; si habían sido entregados en sustitución, en cuyo caso el culpable era su propietario o si habían acudido por propia voluntad, en cuyo caso debía, el esclavo, ser condenado a muerte. Sin embargo, Marco Aurelio, en época de las invasiones de cuados y marcomanos, recurrió a la práctica excepcional del reclutamiento de esclavos y gladiadores. También en el 397, para hacer frente a la rebelión de Gildón en África, se pidió a los senadores que proporcionasen esclavos para enrolarlos en el ejército. Unos pocos años más tarde, en el 406, a raíz de la invasión de Italia por el godo Radagaiso, también se incluyó a los esclavos en el llamamiento general para tomar las armas, con el aliciente de ganarse la libertad aparte de un salario.
La leva debía llevarla a cabo un ciudadano de posición elevada, normalmente gobernador provincial o, en Italia, un dilectator o reclutador, elegido específicamente para esa labor. Cuando había necesidad, de forma extraordinaria, enviaban responsables missi ad dilectum para Italia, o legati ad dilectum en el caso de las provincias senatoriales o dilectatores para las imperiales. La duración del servicio seguía siendo de 20 años en el siglo IV, pero en algunos cuerpos limitanei de poco prestigio podía llegar a 24. Desde Diocleciano, el servicio militar obligatorio se tornó más común.
Los legionarios tenían prohibido casarse, pero ya en época del Alto Imperio se ignoraba bastante esta norma, permitiendo que formasen familias y reclutando muchas veces a los nacidos en los campamentos (esto se llamaba leva de origo castris). Septimio Severo, en el 197, abolió la prohibición. Supongo que no tenía sentido mantener una ley que de facto se ignoraba. De aquí acabó saliendo una legislación de Constantino I que obligaba a alistar a los hijos de soldados nacidos durante o después del servicio, convirtiendo la milicia en una carrera hereditaria.
También se forzó la leva en las zonas rurales a través del indictio, un tipo de tributo basado en la propiedad de la tierra. Cada comunidad estaba obligada a enviar una cuota determinada de hombres. En época de Trajano, Italia dejó de ser cantera de legionarios y sólo se reclutaron en ella centuriones y cuadros militares medios y superiores, así que la tropa provenía fundamentalmente de las provincias, especialmente, de las occidentales. A veces, estas comunidades pagaban un aurum tironicum, un impuesto metálico en sustitución de los reclutas. Esto llevaba a ciertas corruptelas entre los oficiales encargados del reclutamiento. Esto nos puede recordar a muchas prácticas de épocas posteriores como las de pagar para evitar el servicio y que sólo se podían permitir las clases altas.
Muchos potenciales reclutas intentaron evitar el servicio. Una de las formas empleadas era la automutilación, por ejemplo, cortándose los pulgares. Constantino I estableció que los hijos de soldados mutilados de esta manera debían formar parte de las curias municipales. Como podéis imaginar, una norma así no evitó las mutilaciones. La cosa se fue radicalizando hasta que en 386 Valentiniano II estableció que los culpables de automutilación serían quemados vivos. Teodosio acabaría adoptando otra estrategia hacia finales de siglo estableciendo que dos mutilados equivaldrían a un recluta, y obligándolos a servir igual. El capítulo 18 del libro VII del Códex Theodosianus indica, en varias referencias, que existían oficiales encargados de capturar a los desertores. En el 403 se les da autoridad a los provinciales para no sólo capturarlos, también administrar justicia sobre ellos. Cabe señalar que muchas veces, incapaces de volver a su hogar, los desertores se convertían en saqueadores. Las penas aplicadas en tiempo de guerra eran, como era de esperar, más duras que en tiempo de paz.
Bárbaros
El concepto de barbarización del ejército romano es bastante famoso. Creo que todos tenemos bastante clara esta imagen de tropas germánicas incorporándose e incluso sustituyendo a las tropas romanas. Creo que es importante recalcar que en este contexto se debe interpretar la palabra bárbaro como sinónimo de extranjero. Y es que una buena parte de las tropas comenzaron a reclutar entre las tribus bárbaras a las que se había permitido asentarse en el interior del Imperio. Normalmente esto estaba incluído en el tratado por el cuál se les asignaba tierra, según el cuál debían proporcionar un número fijo de reclutas. A estos se les conocía como laeti o gentiles, pero servían en las mismas unidades y con un trato similar al de cualquier recluta romano. Esta práctica ya existía en tiempos de Augusto, simplemente se volvió más sistemática y habitual.
El reclutamiento de Bárbaros, por tanto, no era una novedad. A veces, como parte de un tratado de paz, se obligaba a los vencidos a proporcionar tropas al Imperio; otras veces, se obligaba a los prisioneros de guerra a reclutarse destinándoseles lejos de su lugar de origen. No tenemos una estadística clara de la proporción de tropas extranjeras en el Bajo Imperio. Sí que la Notitia contiene un número elevado de unidades con nombres bárbaros como resultado de la regularización de unidades auxiliares o irregulares que actuaban bajo el liderazgo de sus jefes nativos ( socii o foederati) a partir del siglo III, como es el caso del ala I Sarmatarum, Britania, una unidad de caballeros sármatas.
La historiografía tradicional ha considerado esta abundante presencia de bárbaros como un signo desesperado ante la escasez de reclutas, y como un síntoma de mala calidad de los reclutas provinciales. Se da por hecho que el problema aumentó con el mayor uso de foederati, es decir, unidades dirigidas por sus propios jefes tribales. Esto se ha interpretado como una degeneración del ejército hasta convertirse en una banda de mercenarios dirigida por extranjeros. Sin embargo, las fuentes de la época no parecen haberlo contemplado como un problema y muestran unos reclutas tan leales y eficientes como los demás, incluso cuando luchan contra sus propios pueblos. A finales del IV, muchos cargos importantes eran ya de ascendencia bárbara, por lo que se habría asimilado culturalmente. En otras palabras: la barbarización del ejército no contribuyó a la caída de Roma, pero tampoco frenó las tendencias ya existentes dentro del Imperio.
Civiles y cristianos
Los soldados del siglo IV recibían una paga muy modesta, mucho más que en siglos anteriores. Se debía a que el stipendium se pagaba en denarios de plata devaluados. Esta paga se completaba con pagos en especie como ropa y raciones de forraje para los animales. De vez en cuando, los emperadores hacían una donativa, una cantidad de dinero en efectivo.
Las tropas comitanteses no tenían campamentos fijos, sino que vivían la mayor parte del tiempo acantonados en pueblos y ciudades, junto a la población, excepto durante las campañas que, entonces, establecían campamentos temporales. Esto llevaba a desórdenes y conflictos con los civiles que, frecuentemente, acusaban a los soldados de valerse de su fuerza para tomar más de los que les correspondía. Parece ser, según las evidencias jurídicas, que la tropa se hospedaba en casas particulares de forma obligatoria (hospitalitas).
Los limitanei, no obstante, vivían en fuertes, algunos de ellos muy antiguos como los de Housesteads o Great Chester en el muro de Adriano. Los barracones se transformaron hacia finales del siglo III. En Housesteads, por ejemplo, un conjunto de habitaciones pareadas fue acondicionado para convertirse en seis estancias individuales con sus propios muros exteriores y separadas por estrechas callejuelas. No hay pruebas pero algunas teorías indican que podría haber hospedado a uno o dos soldados y sus familias; aunque otras señalan que el mantenimiento era más sencillo y menos costoso que reconstruir los viejos barracones siguiendo el diseño antiguo.
A la nueva religión cristiana le costó un tiempo penetrar en las filas del ejército. Los soldados eran conservadores y mantenían las tradiciones del paganismo romano. Esta actitud plantea un problema para los historiadores dado que las fuentes cristianas insisten en la receptividad de los militares. Las fuentes cristianas hablan, por ejemplo, de que en 174 a la XII Legión Fulminata Dios les había proporcionado una lluvia milagrosa que salvó al ejército, el historiador pagano Dion Casio también creía esta historia. En la Apologética, Tertuliano afirma que los cristianos llenaban los campamentos. Encontramos menciones de cristianos sirviendo como soldados en la guardia pretoriana del siglo III.
Sin embargo, en el 295 un tal Maximiliano fue convocado al servicio militar por leva anual y declaró “Non possum militare, non possum malefacere. Christianus sum”, o en cristiano: “no puedo servir en el ejército, no puedo hacer el mal, soy cristiano”. Esto le llevó al martirio. Parece que los primeros cristianos tenían una actitud variable hacia el ejército. Cabe señalar que, frecuentemente, los soldados actuaban como agentes del estado en la persecución de la primitiva iglesia cristiana. Pero a partir de los siglos I y II la represión del culto comenzó a ser esporádica y no dirigida por una autoridad central, como pogromos. En 252 la situación cambió, Decio ordenó la persecución de todo el culto en el imperio. Y aquí sí vemos que, en Egipto, numerosos soldados sufrieron persecución a lo largo del siglo III, también con Galieno en Judea. Dioclecianoo y Maximino aplicaron esta política con mayor rigor hasta llegar a aniquilar la Legión Tebana.
La guerra
Desde el principio hemos estado comentando que los cambios sufridos por el ejército no fueron en detrimento de su calidad, sino que se adaptaron a las nuevas formas de hacer la guerra. E. Luttwak relanzó una tesis de Thomas Mommsen que afirmaba que, en los siglos III y IV, se pasó de una “defensa avanzada” a una “defensa en profundidad”. La “defensa avanzada” se caracterizaba por establecer guarniciones en la frontera y más allá, con el fin de evitar las incursiones bárbaras antes de que se realizaran. Pero esta estrategia siempre fue vulnerable a concentraciones inusualmente grandes de tropas enemigas.
Por contra, el sistema de defensa en profundidad, se caracteriza por aceptar que las provincias de frontera serán el escenario de combate contra las amenazas de los bárbaros. Las fuerzas limitanei no intentarían repeler una incursión de gran tamaño, sino que se retirarían a las plazas fortificadas en espera de los refuerzos comitatenses. Aunque el tamaño de los ejércitos disminuye, las nuevas fortificaciones son más resistentes y están mejor preparadas para la defensa, ganando mucho tiempo.
Esta tesis, aunque plausible, ha sido cuestionada por otros estudiosos, como B. Isaac. Él defendía que el imperio no tenía la capacidad de inteligencia o un plan militar centralizado para una estrategia de éste nivel. Afirma, además, que la estrategia de defensa seguía siendo esencialmente agresiva. La teoría defensiva carece de evidencias que la corroboren, ni en la Notitia Dignitatum, ni en ningún otro registro. De hecho, las evidencias arqueológicas muestran que las fortalezas están en una disposición muy similar a la del siglo II. El ejército mantuvo, en gran medida, gran parte de la estrategia de la época alto imperial.
Una de las estrategias que sí mantuvo el imperio en cuanto a defensa fue la de mantener tratados de asistencia mutua con las tribus que vivían en las fronteras. Se comprometían a defenderlas de los ataques de sus vecinos, a cambio de que se abstuvieran de hacer incursiones y evitaban que las tribus vecinas hiciesen lo propio. Oficialmente tenían el estatus de tributario, en la práctica la lealtad del aliado fue asegurada a menudo gracias a donaciones o subvenciones por parte de Roma.
Cabe señalar que las amenazas a las que se enfrentaban eran distintas. En el Este se enfrentaban a los persas sasánidas, que a inicios del siglo III habían suplantado a los partos. Hablamos de un imperio grande y poderoso, que llegó a penetrar profundamente en las provincias romanas hasta llegar a amenazar a Antioquía. Roma también lanzó expediciones a Persia, siguiendo la ruta a lo largo del río Éufrates. Ambos bandos fueron incapaces de transformar sus éxitos temporales en permanentes. Las batallas campales perdieron frecuencia y se tiraba mucho de tropas reclutadas entre los pueblos locales.
En las otras fronteras el enemigo eran pueblos tribales, como sucedía en la época alto imperial. Las prácticas militares de los germánicos no experimentaron cambios significativos. Los limitanei se enfrentaban con ataques a pequeña escala. En caso de grandes expediciones, se fortificaban en espera de refuerzos. Las batallas campales también escaseaban en esta frontera. Los romanos buscaban, sobre todo, moverse con rapidez y golpear por sorpresa.
La defensa fronteriza seguía siendo en esencia la misma. Se basaba también en la disuasión, mediante aparentar una gran fuerza, con poderosas fortalezas. También las tácticas en batalla siguieron siendo en esencia las mismas. Es cierto que Amiano Marcelino nos habla de legionarios cargando sin orden para cubrir la distancia que les separa de los arqueros persas, pero lo habitual era que la infantería formase una línea muy densa y bombardear al enemigo con jabalinas, dardos y algunas lanza pesada. También incluyeron algunos gritos de guerra. Esto sí es ligeramente distinto al clásico avance lento y silencioso con lanzamiento de pilum y carga de las legiones romanas del alto imperio.
Fortificaciones
Creo que no hace falta aclarar que todos estos cambios en la forma de luchar, en el armamento, en las unidades, y en las dimensiones de los ejércitos afectaron, de forma evidente, a la técnica poliorcética a partir del siglo III. Se invirtieron grandes esfuerzos en la construcción de fortalezas, incluyendo muchas nuevas, así como la fortificación de pueblos y ciudades, entre ellas Roma y Constantinopla.
Se incrementó el grosor de las murallas a unos tres metros, también la altura hasta los nueve metros. Se incluyeron, en algunos casos, plataformas para la artillería como balistas, onagros o escorpiones de un solo brazo para lanzar piedras. Las murallas presentan almenas para una mejor protección de los defensores. Las torres se redondean, aunque no se pierden las de base cuadrada, y se proyectan hacia el exterior de los muros, permitiendo arrojar elementos incendiarios sobre los atacantes y las fosas se hacen más anchas y profundas incluyendo un fondo plano, alejándolas un poco más de la muralla para crear una zona de muerte. Los accesos de la muralla se vuelven más estrechos y defendibles, flanqueando las puertas con torres, una a cada lado, proyectadas hacia el exterior permitiendo que los defensores lanzasen proyectiles al hueco disponible entre ambas. Esto lo podemos ver perfectamente en la plaza de la catedral de Barcelona, por ejemplo, dónde se conserva un fragmento de muralla romana con torres cuadradas y dos torres redondeadas flanqueando una de las puertas, pero quizá un ejemplo más claro es la muralla romana de Lugo, dónde la muralla está más conservada (y no integrada en edificios como en Barcelona).
Las defensas de las bases militares se vuelven más formidables, sin embargo, los propios cuarteles se hacen más pequeños, a veces se abandonan, como sucedió con las de Chester o Caerleon, en Britania. En otras ocasiones, algunos fuertes existentes continuaron en uso pero su tamaño se vio reducido. Estas fortalezas, ubicadas en lo alto de cerros o colinas, resultaban difíciles de atacar, requiriendo un gran ejército con maquinaria de asedio para ello. Reflejan la importancia creciente de los asentamientos fortificados en el modo de guerra de la antigüedad tardía. No siempre era posible el ataque directo a una base militar, y las batallas en campo abierto ya no eran tan claramente favorables al ejército romano. La contención de las incursiones enemigas más allá de la frontera dependía, por tanto, de esta estrategia fortificadora.
Como ya hemos mencionado, algunos autores ven en esta red de fortificaciones autónomas del Bajo Imperio un primer ejemplo de defensa en profundidad en occidente, al servicio de dos objetivos: primero, que cada fortaleza albergará fuerzas de campaña móviles capaces de amenazar los movimientos y las líneas de abastecimiento del invasor; segundo, que si un enemigo se disponía al asedio de una de las fortificaciones ésta se convirtiera en un bastión contra el que el ejército principal de campaña aplastará al invasor. Si bien, todo apunta a que no fue así, sin duda, sin esta evolución de las fortalezas no podemos entender lo que, más tarde, llamaremos castillos; y estos si que se utilizaron en lo que se ha venido a llamar “defensa en profundidad”.
Conclusiones
Como decíamos al comienzo de esta revisión del ejército romano del Bajo Imperio, los cambios que se dieron en el ejército romano respondieron, fundamentalmente, a una adaptación a las nuevas formas de guerra. La forma de luchar de germanos y partos dieron mucho más protagonismo a la caballería, y requirieron de ejércitos más pequeños y móviles, con fortificaciones más sofisticadas y armamento adaptado.
La guerra, como experiencia violenta y extenuante en la que jóvenes inocentes son enviados al matadero para satisfacer las necesidades de unas élites poderosas, no ha cambiado nada desde la aparición de los primeros estados. Pero las tácticas, la forma de explicarla, las armas… en definitiva, lo que se ha venido a llamar el arte de la guerra, sí ha vivido ajustes a lo largo de la historia. Hoy, nadie se plantearía que una muralla perimetral sirve para algo en un momento en que la aviación, los drones y los misiles balísticos marcan la norma.
Es muy tentador buscar siempre las causas de las caídas de los imperios y naciones en la debilidad de sus fuerzas armadas, o de su población; como también lo es buscar las causas de su auge en una especie de superioridad genética, tecnológica o en un supuesto favor divino. Pero la realidad es que en la historia, todo responde a causas materiales. Si las fuerzas armadas fallan, se debe a que el sistema que las sostiene está fallando. Si la gente no quiere luchar por su, vamos a llamarlo, patria, se debe a que no se siente conectada a esta. Las causas últimas de la caída del Imperio Romano, como las de cualquier nación, hay que encontrarlas en las contradicciones internas que surgieron en el seno de la sociedad que conformó el Imperio.
Bibliografía
- M. P. Sancho Gómez - La infantería pesada y el ejército romano (Artículo).
- Ángel Morrillo Cerdán: El ejército tardorromano en Hispania: de los textos a las evidencias arqueológicas (Artículo).
- Ana de Francisco Heredero: El ejército romano del Bajo Imperio (Artículo).
- Duncan Campbell: The later roman army (Artículo).
- Ana María Suárez Piñeiro: Roma antigua, historia de un imperio global (Libro).
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