Hubo un tiempo en que el domingo cabía entero en una sala oscura de cine. Por unas pesetas, uno podía ver dos películas, comerse el bocadillo y salir casi de noche con la sensación de haber viajado muy lejos sin salir del barrio... La pantalla ofrecía algo más que una película: ofrecía la experiencia compartida de estar juntos. El espectáculo se construía en la fricción entre los espectadores. El cine de barrio nos enseñaba que el valor de una película no residía solo en su calidad artística, sino en el lugar que ocupaba en la vida de la gente.
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Existía "la fila de los mancos", para parejas que iban a meterse mano.
Yendo al gallinero, las posibilidades de que te dejasen entrar a ver una película "de mayores" aumentaba mucho.