En Zaragoza, quien le dio la bienvenida fue el más destacado de sus ciudadanos, Ximenes Gordo, y fue él quien recorrió las calles cabalgando junto al heredero de la corona. Se podría imaginar, cavilaba Fernando, que Ximenes Gordo era el príncipe, y Fernando su sirviente. Con la misma edad de Fernando, tal vez otro hombre hubiera expresado su disgusto. Él, no; al tiempo que lo disimulaba, cultivó su resentimiento. Había advertido la forma en que los pobres, reunidos en las calles para ver pasar el cortejo, fijaban en Gordo …