Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta,
un charco era un océano,
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego cuando muchachos,
los viejos eran gente de cuarenta,
un estanque era océano,
la muerte solamente
una palabra.
Ya cuando nos casamos,
los ancianos estaban en cincuenta,
un lago era un océano,
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora veteranos,
ya le dimos alcance a la verdad,
el océano es por fin el océano,
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Mario Benedetti
Cuando me siembre en la madera,
vendrán todas las voces
—calladas en otrora—,
a hablar de cómo llegué a la raíz del mundo,
cómo toqué las cosas desde el alma misma del silencio;
vendrán,
pulcras,
cercanas y dulces
—como nunca habían sido—,
a duplicar mi vida simple con bondades,
para desprender quejidos
de los hermanos que escogí en este evento inusitado.
Cuando me siembre en la madera,
no les oiré,
deben saberlo,
aunque sé que igual harán lo suyo,
amontonarse,
como las moscas a la gracia del infante
para tener su momento de gloria en el infortunio,
el abismo selecto
donde mejor saben habitar.
Juan Ortiz
A pesar de todo creo que hay más que dolor en un duelo.
Existe por ejemplo el coraje de llegar adonde nunca llegaste.
Y en el acto de dejar atrás hay algo de salir al encuentro.
Y cada adiós oculta silencioso un bienvenido.
La existencia es tan sólo una mezcla extraña
de finales y principios.
Y las despedidas mucho más
un tema de la vida que de la muerte.
Y lo creo porque otros que vivieron lo contaron,
porque otros que sufrieron primero,
crecieron después del dolor.
Es por eso que sé que no estoy sola,
que avanzo día y noche acompañada.
Que hay otros que dejando su marca en el camino
encontraron más tarde…caminando,
el sentido verdadero de haberlo recorrido.
Marta Bujó
Pasada ya la cumbre de la vida
-que dijo el clásico-,
ahora todo es descenso.
Desde allí arriba
-recuerdas-,
se veía el paisaje
con una claridad vertiginosa:
los lugares que mejor no haber pisado
y los que ya nunca pisarás.
Por suerte y por desgracia, unos y otros
se irán desdibujando
entre la niebla.
Te preguntas si esto
no debería preocuparte más.
Karmelo C. Iribarren

Quizá no puse
el empeño necesario,
o se trate solo de que tuve mala suerte.
No lo sé.
La sensación,
en cualquier caso,
es la misma:
esos momentos
que valen por una vida
yo no los encuentro por ninguna parte.
Me queda el consuelo
de que mi memoria
no es ya, ni de lejos, la que fue.
Karmelo C. Iribarren
Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle,
en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia
los completos de los subtes,
ni en los libros prestados,
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original
de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás,
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré, amor mío,
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen,
y comeré las cosas que se comen
y soñaré las cosas que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel
donde aún te retengo,
ni allí fuera, ese río de calles
y de puentes.
No estarás para nada,
no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti,
pensaré un pensamiento
que, oscuramente,
trata de acordarse de ti.
Julio Cortázar
Espérame
cuando vistas tu soledad de gala
para celebrar lo que nunca vuelve,
cuando sientas el golpe en la garganta
del llanto incontrolado,
cuando un vuelo bajo te haga rozar
las hojas del otoño,
cuando apenas el aliento te sirva
para decir mi nombre,
espérame.
Porque yo sabré entrar sin hacer ruido
y sacar de tu pecho un horizonte.
Alejandro Pedregosa, “En la inútil frontera”
A algunos se diría
que no les ha salido nunca al encuentro,
o que no han sabido dar con ella,
o que les ha dado miedo,
pero se ve en sus miradas
-esos diminutos lagos grises
en los que no termina de llover-,
que cuando ellos estaban,
ella acababa de irse
o no había llegado aún.
Si al menos hubiese tristeza.
Pero no hay nada,
solo lo que nunca fue.
Karmelo C. Iribarren
Hoy pregunta tú a la esfinge
y no sigas más su juego,
hazte dueño del misterio
que no tiene más arcano
que el lodo con que se oculta,
que no guarda más secreto
que esos posos cenicientos
con olor a columbario
arrumbado en un desván.
Hoy pregunta tú a la esfinge,
pregúntale a dónde van
los pedestales sin nombre
devorados por el musgo,
los airosos frontispicios
orografiados de grietas,
las lápidas funerarias
que conservan sus plegarias
en solemnes inscripciones
que ni el cantero leyó.
Pregunta al bajorrelieve
si no conoce ese juego
de la imagen que es ausencia,
de la letra que se forma
donde ha faltado la piedra,
de la palabra que brota
donde nada importa ya.
Hoy pregunta tú a la esfinge:
que te cuente qué se hicieron
los diplomas y las leyes,
las actas de los concilios
y las charlas de café,
pregúntale dónde fueron
los amigos de la infancia,
dónde huyeron los carteros,
los sargentos, los bedeles,
las hormigas que peleaban
en un frasco de pastillas,
las llaves, las rebeldías,
las flores, los oropeles
de tanto disfraz de rico,
dónde escaparon las tardes
haciendo caligrafía
sobre cuadernos pautados
de blanca inutilidad,
en qué pararon los libros,
los aplausos, los congresos,
las carreras, los afanes,
las verbenas, los diplomas
y los barcos de papel.
Hoy pregunta tú a la esfinge
y sabrás que los enigmas
son escudos, son murallas
para ocultar la tristeza
de ser un cero a la izquierda,
un acento circunflejo
en la mirada de un ibis,
un signo interrogativo
de una frase desertora,
abandonada en un punto
suspensivo por de más.
Frontera plena
de contrabando:
la de la edad.
El miedo siempre
atenaza al corazón,
que no es razón
es ánima.
Eso que nos anima
como las ánimas
en pena o en alegría.
Morir.
Tal vez soñar.
Soñar.
Tal vez morir.
Vivir.
Tal vez sentir.
Sentir.
Tal vez negar.
Morimos cada día
y despertamos
de un sueño eterno
cada día,
a cada hora,
a cada instante.
Una mente nos anima
como si fuéramos ánimas
portando antorchas
en un bosque infinito.
Solas y acompañadas.
Acompañadas y solas.
El miedo siempre
atenaza al corazón,
que no es razón
es ánima.
ContinuumST (Enero, 1999)
Sueño lobos emboscados
en los campos de tu rostro
y amanecen las montañas
entre aullidos y rastrojos.
Sueño dientes que se cierran
en crujidos espantosos,
en soledades baldías
sobre el negro de tus ojos,
y amanezco entre los miedos
y entre los miedos me escondo,
que guardarse en la lobera
es saber huir del lobo.
Con la esperanza en barbecho
cavaré en mi vientre un pozo
para tender una trampa
al que ahuyenta mi reposo
y en los brazos de la fiera
sabré disfrutar el gozo
de ser carne y sólo carne,
de ser cebo venenoso,
de ser el blanco cordero
que llevó al mastín el lobo.
Sueño noches de tormenta
en campos que no conozco,
sembrados por mis palabras
segados por tus enojos,
y despiertos entre los trillos
y entre los trillos me escondo,
que el trigo que así se oculta
es el que escapa del horno.
Feindesland. 2006
Hoy la lírica celebra su día
y no podía yo ignorar tal asunto,
por eso como Bécquer me pregunto:
¿qué demonios será la poesía?
Simbiosis de métrica y fantasía,
sin faltar el ingenio en el conjunto,
contando sílabas versos pespunto;
moderando emoción y teoría.
Más algo inefable habita en la rima,
pues no atiende a hipótesis ni razones
todo aquello que el alma dictamina.
Poesía es exhalar mil emociones
bajo la norma que el lirismo estima
exiliando arrogantes pretensiones.
Si cuarenta mil niños sucumben diariamente
en el purgatorio del hambre y de la sed
si la tortura de los pobres cuerpos
envilece una a una a las almas
y si el poder se ufana de sus cuarentenas
o si los pobres de solemnidad
son cada vez menos solemnes y más pobres
ya es bastante grave
que un solo hombre
o una sola mujer
contemplen distraídos el horizonte neutro
pero en cambio es atroz
sencillamente atroz
si es la humanidad la que se encoge de hombros.
Nos contamos chistes viejos
de perfecta urbanidad,
tú en tu esquina,
yo en la mía,
en el ring de los veranos
liofilizados de sombras,
haciendo de cada ocasión
un cuadrilátero
de centenares de esquinas:
portento de geometría.
Los dos, pero uno a uno,
sopesamos el deseo de marcharnos,
de abandonar la pelea
y ensayar por una vez
la vida sin andanadas,
cada uno por su lado,
cada uno por su filo
mellado de impertinencias.
Sin embargo, nos quedamos,
para hacernos aún más daño,
para callar más silencios
y bostezar otros tedios
desconocidos aún;
nos quedamos,
enredados en agravios
devanados y tejidos
por la Penélope loca
que ya no piensa en Ulises
sino para reprocharle
lo que ha tardado en volver,
y repasamos ahora
los años que nos odiamos
contando el chiste más viejo
que parió la Humanidad:
el de la gente que vive
sin saber lo que desea
ni lo que puede ofrecer
y que pasa por el mundo
anegada en frustración,
exportando cataratas
de arenosa
polvorienta
herrumbrosa
decepción.
El amor es como una flor,
siempre es un rumor,
encantador,
y lleno de rencor.
Huele
pero no sabe.
Brilla con colores
como telas al viento
sin sentimiento.
A veces lo sentimos,
a veces lo sufrimos,
a veces nos asalta,
como una pasión alta.
El amor no es nada,
porque nada es sentir
lo que es sólo consentir
que es algo sin sentido.
Te veía por las noches
a través de la ventana,
sombras de rejas
con tu cara limpia,
recién lavada.
Guiñabas un ojo,
maldito trampantojo.
Siempre te quise
pero tuve que buscar
otro calor nuevo.
Uno sin rejas,
sin maquillaje de fresa.
Un dolor,
siempre con rencor
lleno de terror.
Eso es amar.
ContinuumST (2001. Poemario sin publicar.)
No tengas nada en las manos
ni una memoria en el alma.
Que cuando pongan en tus manos el último óbolo,
al abrirlas nada caiga de ellas.
¿Qué trono te quieren dar
que Átropos no te quite?
¿Qué laurel que no se marchite
en los arbitrios de Minos?
¿Qué horas que no te reduzcan
a la sombra que serás
cuando de noche estés
al fin del camino?
Toma las flores, pero suéltalas
apenas miradas.
Siéntate al sol. Abdica
y sé rey de ti mismo.
–
[Não tenhas nada nas mãos
Nem uma memória na alma,
Que quando te puserem
Nas mãos o óbolo último,
Ao abrirem-te as mãos
Nada te cairá.
Que trono te querem dar
Que Átropos to não tire?
Que louros que não fanem
Nos arbítrios de Minos?
Que horas que te não tornem
Da estatura da sombra
Que serás quando fores
Na noite e ao fim da estrada.
Colhe as flores mas larga-as,
Das mãos mal as olhaste.
Senta-te ao sol. Abdica
E sê rei de ti próprio.]
Fernando Pessoa
Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.
Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.
No sé si me quisiste... No sé si te quería...
O tal vez nos quisimos demasiado los dos.
Este cariño triste, y apasionado, y loco,
me lo sembré en el alma para quererte a ti.
No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco;
pero sí sé que nunca volveré a amar así.
Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo,
y el corazón me dice que no te olvidaré;
pero, al quedarme solo, sabiendo que te pierdo,
tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.
Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,
mi más hermoso sueño muere dentro de mí...
Pero te digo adiós, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti.
José Ángel Buesa
Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.
(…)
Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
(…)
Pablo Neruda
Región de manos sucias de pinceles sin pelo
de niños boca abajo de cepillos de dientes
Zona donde la rata se ennoblece
y hay banderas innúmeras y cantan himnos
y alguien te prende, hijo de puta,
una medalla sobre el pecho
Y te pudres lo mismo.

Julio Cortázar
Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre a mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar.
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies camion en mis pies, tus pies.
Ardeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñame tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed.
Quemándome.
Con esta sed quemándome.
La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.

José Martí.
"Dime que he de ver la mar,
que en la mar he de quererte; compañera,
dime que sí.
Dime que he de ser el viento,
que en el viento he de quererte;
marinera, dime que sí".

menéame