En los ásperos muelles del puerto
Mi ardiente corazón aún te busca.
La aguja imantada del recuerdo
No tiene más norte que tú cuerpo
Y en todos los cuadrantes te dibuja.
Feindesland 1999
Cuando todos duermen, a menudo me siento solo,
y presto con gusto mi oído a la noche.
Entonces, la sabiduría fluye hacia mí,
y me dice lo que no puedo oír cuando todos están despiertos.
Es como si las cosas me mostraran solo su gris superficie diaria,
de noche, cuando las muchas miradas crudas
ya no se posan en ellas, su esencia me habla.
Cuando el extraño placer y el dolor se funden en uno,
oscuramente murmura la gran canción del universo,
ymi corazón se hunde con su salvaje codicia.
Solo mi alma impasible escucha.
Oigo girar las ruedas secretas:
las que oboligan a que todo gire mientras ellas giran.
Emmanuel Von Bodmann.
Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego, envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas
cruje y un «¡ay!» se escuchó;
un «¡ay!» moribundo, un «¡ay!»
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela
y da al que lo oyó temblor.
Un «¡ay!» de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.
El ruido
cesó,
un hombre
pasó
embozado,
y el sombrero
recatado
a los ojos
se caló.
Se desliza
y atraviesa
junto al muro
de una iglesia,
y en la sombra
se perdió.
El estudiante de Salamanca. José de Espronceda (fragmento)
menéame