Aparte del proceso judicial contra su familia, el debate sobre su legado se va aclarando. Las visitas de Jordi Pujol a Madrid, ya sean voluntarias o impuestas, siempre tienen una dimensión política. En otras palabras, provocan cambios. La última, también. Aunque la justicia ha querido presentarla como una mera formalidad para determinar que el expresidente, de casi 96 años, no está en condiciones de defenderse en el juicio contra él y su familia, ha sido algo más. Ha permitido que un amplio espectro político cierre filas a su alrededor.
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