"El problema no es que existan los Camacho; es que empezamos a pensar que es lo normal."
Imaginen esto: un tipo normal, con una vida normal y una inteligencia dentro de los parámetros terrestres, se somete a un experimento de criogenización. Al despertar, descubre que el mundo se ha vuelto una caricatura de sí mismo. La gente es incapaz de mantener una conversación de más de tres palabras, las marcas se llaman “Pendejo” o “Brawnado”, y el presidente de la nación es un ex luchador de pressing catch llamado Dwayne Elizondo Mountain Dew Herbert Camacho.
La premisa de Idiocracy, aquella joya profética de Mike Judge, solía ser una exageración grotesca para hacernos reír. El problema es que, poco a poco, ha dejado de ser una comedia para convertirse en un documental emitido en horario de máxima audiencia. Y lo peor de todo es que, al igual que el soldado Joe Bauers, muchos de nosotros nos hemos dado un buen pellizco y hemos abierto los ojos con la sensación de habernos dormido en 1995 y despertado en un mundo donde la realidad ha superado a la sátira.
¿Acaso no tenemos nuestros propios presidentes Camacho? No me refiero a una única figura, sino a un arquetipo que se repite como un mantra en la política global. Busquen al líder que promete soluciones imposibles con la verborrea de un vendedor de coches usados, o receta recortes educativos mientras la población debate acaloradamente si la Tierra es plana o si los huevos son lácteos.
Nuestros dirigentes, como Camacho, han entendido que la complejidad aburre y la estridencia engancha. Han sustituido el diálogo por el eslogan, el razonamiento por el grito y la gestión por el espectáculo. Igual que el presidente musculado de la película, que consulta su teléfono para saber qué decir, ellos leen titulares de Twitter como si fueran informes del CIS. La política se ha convertido en un ring de lucha libre donde gana el que suelta el "más fuerte" o el "más loco", no el que tiene un plan coherente.
Y nosotros, mientras tanto, hemos asumido este nuevo mundo como si fuera lo normal. Consumimos felices nuestro "agua electrolítica"; la ciencia es vista con la misma sospecha que un gato en una tienda de canarios.
Lo más aterrador de Idiocracy no es su estética cutre o sus chistes fáciles. Es la reflexión final: la sociedad no colapsó por una guerra o una catástrofe natural. Se fue idiotizando poco a poco, por pura inercia, hasta que lo absurdo se convirtió en la nueva normalidad. Nos hemos acostumbrado al ruido, a la mentira vestida de titular, a que un cualquiera con un micrófono en redes sociales tenga más credibilidad que un experto que ha dedicado treinta años a estudiar un tema.
Despertar, como le pasó a Joe Bauers, es darse cuenta de que estamos rodeados. La solución a nuestros males no llegará en una nave espacial pilotada por un tipo sensato, porque nosotros, los sensatos, llevamos años durmiendo la siesta mientras el mundo ardía.
¿La diferencia? En la película, al final, el tipo normal arregla el mundo con una idea sencilla pero brillante: regar los cultivos. Aquí, fuera de la pantalla, seguimos esperando a ese tipo normal. O quizás, lo que es peor, el tipo normal ya despertó, miró a su alrededor y decidió que era más seguro volverse a dormir y dejar que Camacho y sus secuaces sigan con el circo.
Mientras decidimos si tomar la píldora roja o azul, o leer un libro, el mundo sigue girando. Pero, por favor, que alguien pare la música de fondo, y de paso riegue las plantas con agua y no electrolitos.
Petiscos
Solinvictus