Literatura y cine nos han acostumbrado a que los tesoros estén enterrados en islas exóticas refugio de piratas, grutas inexploradas pobladas de murciélagos, tumbas de antiguas civilizaciones o viejos castillos europeos pertenecientes a estirpes de rancio abolengo. Pero la realidad puede ser más prosaica y a veces aparecen en sitios tan comunes como el centro de París, a un tiro de piedra de lugares tan emblemáticos como el río Sena, el Panteón o la Universidad de la Sorbona. Es lo que ocurrió en 1938 con el llamado Tesoro de la calle Mouffetard
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El barril de amontillado y El gato negro, de Poe.
La venganza de Don Mendo, de Muñoz Seca
Un ejemplar de El lazarillo de Tormes y otros libros en una casa de Barcarrota (Badajoz)
Un par de años después se estropeó una persiana y al abrir la caja de la misma hallaron una bolsa del PRYCA con seis millones de pesetas.
No dijeron nada, pero indagaron con los vecinos sobre los anteriores ocupantes del piso. Estos eran una familia normal, con un abuelo que había muerto de repente sin tiempo a decir a sus hijos que mirasen en la persiana. La misma situación, aunque los Luises de oro son más "chic"
Ese ejemplar del Lazarillo, además, es particularmente llamativo por tratarse de una edición que no se conocía por ninguna clase de referencia, a diferencia de la edición de Valencia de 1589 (catálogo de la biblioteca del Condestable de Castilla de 1600), las de Amberes de 1553 (catálogos de Longman 1816 y 1817), o la de Tarragona de 1586 (Bibliotheca Hispana Nova, de Nicolás Antonio).