La gran depuración

El palacio-fortaleza resistió dos días. Al tercero los desharrapados arrasaron los parterres, y tras reventar los portones, se aplicaron a la destrucción, convirtiendo siglos de refinamiento en guijarros irreconocibles. El herraje dorado de una cómoda sirvió para degollar al Archidux y su familia.

El Deoemperador supo días después que otros nobles de orgulloso linaje y altos palacios corrieron similar suerte.

— Divino Señor, la Corte se pregunta dónde están los soldados para defenderla de la turba de asesinos y agitadores. — dijo el chambelán.

— Eres un simple, Basilis. Qué mejores soldados que esos miserables. No nos han costado una moneda, apenas unos rumores retorcidos, y gracias a ellos hemos mandado al olvido a las sanguijuelas que algún día habrían deseado usurparme el trono.

El chambelán no entendía. El Deoemperador habló nuevamente:

— Ahora sí, que salgan los soldados y limpien de chusma las ciudades. Que no dejen ninguno vivo.