El sistema alimentario mundial es frágil por dentro, igual que lo era el sistema financiero global antes del colapso de 2008. Es fácil ver posibles puntos débiles, como una escasez de fertilizantes si se cerrara el estrecho de Ormuz, o malas cosechas provocadas por el cambio climático. Pero esas cosas no son el problema en sí. Son sacudidas que podrían desencadenarlo. El problema real es que todo el sistema se venga abajo de golpe. Los mismos factores que habrían hundido el sistema financiero si no se hubiera rescatado con billones de dólares.