Trabajaba de taxista y escuchaba cada día a los ayatolás de la COPE. El 11-M su mundo se vino abajo. Mataron a su hijo. Aquella mañana se levantó como el señor vitalista que siempre fue y se acostó como el anciano que ya nunca dejará de ser. ¿Quién asesinó a su pequeño? Apesadumbrado y confuso, jubilado del taxi y hasta del culto a los talibanes de sacristía, el hombre aún es capaz de reunir fuerzas necesarias para asistir en directo, una vez por semana, al juicio contra los autores de la matanza.
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