Los romanos lo entendieron antes que nadie. Mientras medio mundo aún vivía entre barro, pozos dudosos y calles con sorpresa orgánica, Roma ya había convertido el agua en una cuestión de Estado. No solo sabían traerla limpia desde kilómetros de distancia: sabían repartirla, controlarla, usarla como propaganda política… y, sobre todo, sacarla de la ciudad antes de que aquello empezara a oler a imperio en decadencia. Porque Roma no dominó el mundo solo con legiones. También lo hizo con tuberías.
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