Mi vida no es un camino de rosas, ni especialmente difícil. Estudié música de adolescente, hice el CAP, lenguas, he hice oposiciones. No es nada épico, ya lo sé. Me dediqué a la docencia desde los 17 y a los 24 tenía una vida cómoda, sin ser espectacular. Mientras tanto observaba a mis compañeros del conservatorio que, mientras me decían que hacerse profesor era de perdedores, seguían empeñados en opciones estadísticamente hablando imposibles, convencidos de que ellos eran especiales y, en un par...