El amor romántico es un invento reciente (y por eso nos cuesta tanto)
Nos han vendido la idea de que el amor verdadero lo puede todo, que existe una "media naranja" perfecta esperándonos, y que el matrimonio es la culminación natural del enamoramiento. Pero la realidad es mucho más compleja -y fascinante- de lo que las películas nos cuentan.
Cuando casarse era como firmar un contrato comercial
Durante milenios, el matrimonio no tuvo nada que ver con los sentimientos. Era una transacción: se unían familias, se consolidaban patrimonios, se sellaban alianzas políticas. Los padres arreglaban bodas cuando los novios apenas habían dejado de jugar con muñecas. Nadie esperaba enamorarse de su cónyuge; con suerte, surgía algo de cariño con los años.
La idea de casarse por amor -esa que hoy nos parece tan obvia- es una rareza histórica que apenas tiene tres siglos de antigüedad.
Los griegos ya lo sabían: el amor tiene muchas caras
Mientras nosotros usamos una sola palabra para todo, los griegos antiguos distinguían con precisión:
Eros es esa pasión arrebatadora del principio, cuando idealizamos a la otra persona y todo parece perfecto. Intenso, sí, pero efímero por naturaleza.
Philia es el amor de la amistad profunda, basado en el respeto mutuo y la confianza. Los griegos lo consideraban superior porque se elige libremente y perdura.
Storge es el afecto familiar, ese vínculo natural e incondicional que nos une a quienes comparten nuestra sangre.
Ágape representa el amor más elevado: querer el bien del otro sin esperar nada a cambio, amar incluso cuando es difícil.
El problema de pedirle demasiado a una sola persona
Aquí está el dilema contemporáneo: esperamos que nuestra pareja sea nuestro mejor amigo, amante apasionado, terapeuta emocional, compañero de aventuras y proyecto de vida, todo en uno. Es una presión enorme para cualquier relación.
Cuando la fase de Eros se desvanece -y siempre se desvanece-, muchos interpretan esa normalización como fracaso. "Ya no siento lo mismo", piensan, y buscan esa intensidad inicial en otra persona, iniciando un ciclo que se repite.
La sabiduría religiosa coincide en algo fundamental
Más allá de sus diferencias, las grandes tradiciones espirituales comparten una intuición: el amor duradero no es principalmente un sentimiento, sino una decisión sostenida en el tiempo.
El cristianismo habla de entrega diaria. El islam enfatiza la misericordia mutua como pegamento de la relación. El judaísmo prioriza la paz en el hogar por encima de la pasión constante. El hinduismo busca equilibrar el deseo con la responsabilidad.
Todas apuntan a lo mismo: el amor maduro se construye conscientemente.
Entonces, ¿qué es realmente el amor que funciona?
No es encontrar a alguien perfecto, sino comprometerse con alguien real -imperfecto, como todos- y elegir nutrirlo cada día. Es transitar desde el Eros inicial hacia la Philia profunda, aspirando al Ágape cuando sea posible.
No se trata de conformarse con una relación mediocre o de aguantar lo intolerable. Se trata de entender que mantener vivo el amor requiere algo más que sentimientos espontáneos: requiere voluntad, paciencia y trabajo consciente.
El verdadero romanticismo, paradójicamente, está en aceptar que el amor no es magia. Es una habilidad que se cultiva, un jardín que se riega, una conversación que nunca termina.
Cabre13
Spirito