Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes pendones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.
***
Lloras, porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron
¡a ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron;
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona
que, libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona!
***
Doquiera la mente mía
sus alas rápidas lleva,
allí un sepulcro se eleva
contando tu valentía.
Desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola,
hasta el África, que inmola
sus hijos en torpe guerra,
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!
***
Tembló el orbe a tus legiones,
y de la espantada esfera
sujetaron la carrera
las garras de tus leones.
Nadie humilló tus pendones
ni te arrancó la victoria;
pues de tu gigante gloria
no cabe el rayo fecundo,
ni en los ámbitos del mundo,
ni en el libro de la historia.
****
Siempre en lucha desigual
cantan tu invicta arrogancia,
Sagunto, Cádiz, Numancia,
Zaragoza y San Marcial.
En tu suelo virginal
no arraigan extraños fueros;
porque, indómitos y fieros,
saben hacer sus vasallos
frenos para sus caballos
con los cetros extranjeros.
****
Y aún hubo en la tierra un hombre
que osó profanar tu manto.
¡Espacio falta a mi canto
para maldecir su nombre!
Sin que el recuerdo me asombre,
con ansia abriré la historia;
¡presta luz a mi memoria!
y el mundo y la patria, a coro,
oirán el himno sonoro
de tus recuerdos de gloria.
****
Aquel genio de ambición
que, en su delirio profundo,
cantando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.
****
¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!
****
La virgen, con patrio ardor,
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en su pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y, cuando calmado está,
grita al hijo que se va:
“¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate, y muere:
tu madre te vengará!”
****
Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes;
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libres pendones
el grito de patria zumba
y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba!
*****
¡Mártires de la lealtad,
que del honor al arrullo
fuisteis de la patria orgullo
y honra de la humanidad,
¡en la tumba descansad!
que el valiente pueblo ibero
jura con rostro altanero
que, hasta que España sucumba,
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero!
Bernardo López García.
Yo nunca seré de piedra.
Gritaré cuando haga falta.
Reiré cuando haga falta.
Cantaré cuando haga falta.
Rafael Alberti.
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
Mario Benedetti
...
Hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.
luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?
Charles Bukowski

Hace unos minutos
que ha recibido la llamada,
y desde entonces no ha soltado el pañuelo.
Qué tristes
son las lágrimas de un viejo,
te desarman,
te dejan sin opción.
Solo puedes imaginarte lo peor.
Karmelo C. Iribarren
Nunca lo he visto antes,
pero conozco a ese hombre.
Si me acercase,
distinguiría en sus ojos
ese brillo gastado,
como sin vida,
que tanto me recuerda, por cierto,
a los oficinistas de mi infancia.
Pronto se llevará la cerveza a los labios,
le dará un sorbo,
y volverá a dejarla
suavemente sobre la barra.
Sin prisa. No la hay. No le hace falta.
Nada nuevo va a ocurrir
y lo sabe.
Se encuentra más allá de la esperanza,
en su perpetuo atardecer.
Conozco a ese hombre, sí,
y me da miedo.
A veces, de madrugada,
poco antes de acostarme,
me mira desde el espejo.
Karmelo C. Iribarren
Cosas de la edad, supongo:
te da por mirar atrás,
hacia tu vida,
y ves que no ha sido,
en el fondo,
más que un puñetero fraude.
Y después
—para joderlo del todo–,
no se te ocurre otra cosa
que mirar hacia adelante.
Karmelo C. Iribarren
Todavía tengo casi todos mis dientes
casi todos mis cabellos y poquísimas canas
puedo hacer y deshacer el amor
trepar una escalera de dos en dos
y correr cuarenta metros detrás del ómnibus
o sea que no debería sentirme viejo
pero el grave problema es que antes
no me fijaba en estos detalles.

Vencido, una vez más.
Por el amor,
el odio, o por la vida
que no hace concesiones ni da treguas.
Aquí,
en la esquina de un siglo
tan inútil como lo fueron todos.
Y también tan sanguinario.
Fumando un cigarrillo.
Indiferente.
Viendo como la gente se destroza,
y sin sentir nada especial.
Karmelo C. Iribarren
No sé si soy feliz,
si verdaderamente
lo he sido alguna vez;
aunque creo que no.
Y a ti te ocurre otro tanto,
me consta.
Pero no es esto lo peor.
Lo peor del caso,
lo más triste,
es que ya
ni siquiera nos importa.
Karmelo C. Iribarren
Hay muchas formas de despedirse,
dando la mano,
dando la espalda,
nombrando fechas,
con voz de olvido,
pensando en nunca,
moviendo un ramo ya deshojado.
Por suerte a veces queda un abrazo,
dos utopías,
medio consuelo,
una confianza que sobrevive y entonces triste,
el adiós dice que ojalá vuelvas…
…
Este adiós que te guardo
está madurando con los días
Exprimo nuestra vivencia
y no la dejo quedarse
en el pasado
No puedo avanzar contigo
porque te deseo a cada instante
y desear lo que no se puede tener
es como escribir
sin que nadie te lea
Eso seguro que lo entiendes
Te quiero pero no deseo luchar
contra el destino
Disfrutaré de vez en cuando
de tu recuerdo
que seguirá alterándome.
Mario Benedetti
No es el de la niñez,
aquellas mañanas de diciembre,
a lo largo del río,
hacia el colegio,
ni se trata tampoco de aquel otro
que te sorprendería,
años después,
más de una madrugada
dando tumbos.
No,
este es distinto,
este da miedo:
viene del futuro.
Karmelo C. Iribarren
Tienes veinte años,
tienes a la vida
por el cuello,
a tu merced;
pero no es suficiente,
quieres más.
Conozco esa sensación.
Y te deseo mucha suerte,
la vas a necesitar.
Karmelo C. Iribarren
En este asunto del amor, que a veces,
uno quisiera
que no acabara nunca de empezar,
parece que alguien dice:
“¿Dios es eternamente joven?”
Es tanta la alegría, que uno ignora
catástrofes y duelos.
Usted dice que sí a toda
la enorme y tan humana tontería.
Sólo hay un pensamiento,
sólo una idea sola
que es multitud, y uno quisiera
leerlo todo con los ojos cerrados
y no tener noticias de uno mismo,
ni recuerdos de nada ni de nadie;
un ágape de luces
a través de las horas inmortales.
Yo había puesto
encima de mi pecho,
un pequeño letrero que decía:
“Cerrado por demolición”.
Y aquí me tiene usted pintando las paredes,
abriendo las ventanas,
adornando la mesa con la flor amarilla
con que paga el otoño sus encantos.
Nadie te dijo, amor, que yo existía.
El amor es silvestre,
uno lo encuentra en todas partes;
en los días sin cielo,
en las tierras sin flores,
lo mismo en la mañana que en la tarde.
Autor: Carlos Pellicer

Decía Rostropovich
que uno antes de tocar las Suites de Bach
debía pedir perdón.
Lo que hago es parecido cada vez
que deseo tocarte y tú me dejas:
pido perdón por todos los poemas
que escribí describiendo este momento.

Si te pienso, otro tiempo
dormido se ilumina
en los rincones de noviembre.
«Mirad, pasan los días
igual que perros tristes»,
nos dijo aquella noche
de la que no regresaría
nunca más. Tantas veces
la vimos sonreír, vestirse
con la prisa de su deseo,
abrirnos el regalo de su inteligencia
o hablarle al mar, el disfrazado,
el siempre disfrazado.
Solía irse muy lejos
al despuntar el mes
en que la savia se envanece
pulsando las raíces,
delicado furor,
delgada voz del crecimiento.
Cerca, junto al camino,
por encima de un cúmulo
de ramas y hojas secas
han pasado unos niños
que persiguen a su madre
en un juego perenne.
Debajo está mi corazón.
Gente exhausta,
con la vista clavada
en el suelo,
preguntándose por la vida,
la de verdad...
porque no puede ser
que sea solo eso...
Karmelo C. Iribarren
Preciso tiempo, necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra
o ya no saben qué hacer con él.
Tiempo,
en blanco, en rojo,
en verde.
Hasta en castaño oscuro,
No me importa el color,
Cándido tiempo,
que yo no puedo abrir y cerrar
como una puerta.
Tiempo para mirar un árbol, un farol.
Para andar por el filo del descanso.
Para pensar qué bien, hoy no es invierno.
Para morir un poco y nacer enseguida.
Y para darme cuenta.
Y para darme cuerda.
Preciso tiempo, el necesario
para chapotear unas horas en la vida,
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo.
Tiempo para esconderme
en el canto de un gallo,
y para reaparecer en un relincho,
y para estar al día,
para estar a la noche.
Tiempo sin recato y sin reloj.
Vale decir preciso,
o sea necesito
digamos, me hace falta
tiempo sin tiempo.
Mario Benedetti
Ni el más leve atisbo
de emoción en sus ojos
esta tarde, al cruzarnos.
Me ha mirado
cómo te mira una pared vacía
donde no queda
nada, ni la sombra
de la huella de un cuadro.
Se ha perdido entre la gente…
Esta vez sí, para siempre.
Karmelo C. Iribarren

Qué es la magia, preguntas,
en una habitación a oscuras.
Qué es la nada, preguntas,
saliendo de la habitación.
Y qué es un hombre saliendo de la nada,
y volviendo solo a la habitación.

Creí que, como el mar,
una noche de verano,
tu sonrisa
me invitaba a sumergirme,
únicamente a mí,
en tus aguas profundas.
Pero salió la luna
y vi la playa llena
de exhaustos nadadores.
Karmelo C. Iribarren
Pedí a los profesores que enseñan el sentido de la vida que me dijeran qué es la felicidad.
Fui a ver a los afamados ejecutivos que comandan el trabajo de miles de hombres.
Todos menearon la cabeza y me sonrieron como si yo tratase de engatusarlos.
Y un domingo por la tarde fui a pasear por la orilla del río Desplaines.
Y vi a un grupo de húngaros bajo los árboles, con sus mujeres y sus hijos, un barril de cerveza y un acordeón.
Carl Sandburg, Poemas de Chicago, La Poesía, Señor Hidalgo, Barcelona 2003, p. 47.
I ASKED professors who teach the meaning of life to tell
me what is happiness.
And I went to famous executives who boss the work of
thousands of men.
They all shook their heads and gave me a smile as though
I was trying to fool with them
And then one Sunday afternoon I wandered out along
the Desplaines river
And I saw a crowd of Hungarians under the trees with
their women and children and a keg of beer and an
accordion.
Es inútil buscarlo.
Cuando menos lo esperas,
aparece en un bar,
y ya nada
es igual en adelante.
Un día,
tocas los dientes de la gloria,
y al siguiente,
te rompe el corazón.
O no.
O quizás tienes suerte,
y solo acabas harto de la felicidad.
Karmelo Iribarren
Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.
Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.
Si de pronto
me olvidas
no me busques,
que ya te habré olvidado.
Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida
y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.
Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.
No pasa nada.
Ella está en un expreso
con dirección
a Barcelona, y yo aquí,
en mi mesa de trabajo,
escribiendo estos versos.
Hace apenas dos horas
que se ha ido.
Mañana charlaremos por teléfono.
Sobre la tele,
su espléndida sonrisa.
No pasa nada, como digo.
Y, de repente,
no sé qué hacer
con tanta soledad.
Karmelo C. Iribarren
menéame