Furia en la carretera

El camión de batalla ruge bajo mis pies; los dos asaltantes que sobreviven me rodean. El último cartucho de mi escopeta impide que el primero siquiera grite «sed testigos». Arrojo el arma vacía contra el otro y gano el tiempo justo para ejecutar el combo correcto. Nivel superado.

Amo este videojuego retro, aunque siempre me sorprende lo pesimistas que eran nuestros abuelos. No imaginaban que la tecnología nos salvaría.

Reviso mi saldo social. La mitad para renovar los criptoeuros que están a punto de caducar —necesito comprar más proteína de insecto—. La otra mitad para mejoras sinápticas. Adquiero el nivel de felicidad 7, hoy en oferta, la anulación de mi dolor de espalda y catorce puntos de satisfacción laboral, uno por cada hora del turno que voy a comenzar.

Al salir de mi furgoneta-hogar soy consciente de que no vivo en un mundo perfecto, pero sí en un mundo feliz.