El domingo desperté ganador.
Mi primo me felicitó. Yo se lo conté a mis suegros, que aún estaban en casa. Sonreímos. No se gana todos los días.
Después supe que no.
El que organiza confió en lo que veía. El sistema había contado otra cosa. Como siempre, fue culpa del informático.
No hubo mala fe. Solo una web siendo una web. Y en un concurso de popularidad, ocurrió lo previsible.
Entonces apareció una palabra nueva: finalista.
No figuraba en las bases. Nadie la había votado. Nadie la explicó.
No pasa nada por equivocarse.
Lo extraño es que nadie lo diga.
Porque incluso en lo alternativo, lo artesanal
y lo cuidadosamente imperfecto,
un «perdón» sigue siendo lo más moderno.