Cuando era pequeño, imaginaba el futuro de otra manera, aunque ya no recuerdo esos futuros.
Imaginaba que habíamos comprendido la inteligencia, y madurado hacia posturas más trascendentes para habitar este mundo insólito.
Soñaba elucubraciones vagas sobre el significado de las formas corporales, meditaba sobre la semejanza entre el pájaro y la ortiga. Desnudaba pensamientos como capas de una cebolla ambarina y turgente...
Pero en realidad el futuro es el mismo presente, siempre, sólo cambian los juguetes con los que arañar las molduras del silencio.
Y la mirada desmontando los palacios que la esperanza había construido en el aire, libre, inocente y trágica, como nacer en un mundo que se deshace.
Si hay algo peor que dos ejércitos en guerra, son cientos de millones de famélicos desesperados.
Algún día llegarán, no importa cuándo.
Porque nada les detendrá.
Porque no volveremos a la Edad Media, sino a la Prehistoria.