Después de la última guerra interminable, el primer presidente independiente de los Estados de la América Unida aprobó una ley: ningún fondo federal podría financiar guerras de agresión.
Las multinacionales encontraron una solución sencilla. Si el Estado no pagaba, lo harían los consumidores.
Las guerras pasaron a financiarse con microdonaciones, suscripciones y publicidad. Cada ofensiva tenía patrocinadores. Cada bombardeo generaba ingresos. Solo los conflictos con suficiente audiencia podían mantenerse activos.
Las grandes tecnológicas competían con ONGs y activistas por captar fondos y atención. Los analistas seguían las métricas en tiempo real: reproducciones, engagement, donaciones.
Una tarde apareció una alerta en el panel.
La guerra estaba perdiendo apoyo.
El algoritmo sugirió varias alternativas para recuperar audiencia.
La paz no aparecía entre ellas.