Y en el camino nos encontraremos. Cuando EEUU, hace décadas, decidió utilizar Ucrania como grifo del gas entre Rusia y Europa, no estaría pensando en probar su propia medicina.
Ni siquiera recientemente, cuando decide cortar el suministro de crudo a Cuba, estrechando el nudo que los asfixia, de nuevo, desde hace décadas.
Que el que juega con fuego termina por quemarse tampoco es nuevo, el refranero es rico y preciso recogiendo los patrones de la conducta humana que se ven repetidos una y otra vez a través de las páginas de la historia. Por eso se repite, por eso rima.
Y tras analizar profundamente la situación han decido en 24 horas que abrirán Ormuz por la fuerza.
Si tienes un martillo en la mano, todo son clavos. Imagínate además si sólo tienes un martillo. ¿Quieres poner un tornillo? Bueno, puede funcionar, pero no es lo recomendable.
Podrían terminar generando precisamente lo que quieren evitar. Claro que, ¿quién puede negociar con quien no tiene palabra y usa la confianza como primer arma de guerra? No se recoge más que lo que se siembra, y dicen que el que siembra vientos recoge tempestades.
En el fondo de las salas donde se toman estas decisiones, en el rincón más oscuro, debe haber un tipo con cara algo más lóbrega, callado, en minoría. No alza la voz, aguarda con paciencia a que los hechos le den la razón mientras la vehemencia ocupa el lugar de la inteligencia.
Debe estar preparando una frase del estilo: “Ya le dije que el iceberg era más duro que el casco, glu-glu-glu.” Igual sería mejor dejarlo hablar antes de que se hunda el barco.
A pesar de su historial, tengo la sensación que al morir Kissinger se ha perdido cualquier rastro de la inteligencia diplomática de EEUU. Todas las viejas líneas rojas aparecen hoy pisoteadas. ¿Qué podría deparar tal situación? No es ninguna incógnita. Por eso se llaman “líneas rojas”.