El personal del centro de datos se apresuraba, calle arriba, bajo la lluvia.
Nadie quería perderse la inauguración de la nueva catedral. La consagraría el Papa en persona, y estaba previsto que asistieran también una treintena de obispos. Y doscientos monaguillos.
El templo era neogótico, con un aire a Gaudí y su templo de la expiación. Eso era lo que todos buscaban: expiación, penitencia, perdón por lo que habían hecho.
Casti todos los informáticos se habían vuelto creyentes. Es lo que suele suceder con los colaboracionistas.