Cuando una concejala del PP es capaz de cruzar 50 km solo para gritar "hijo de puta" al presidente del Gobierno, el problema no es el grito. El problema es que frente a esto abunda el silencio y la tibieza. Pero insultar no es hacer política, deshumanizar no es fiscalizar y mirar para otro lado también es tomar partido. Y cuando el odio llama a la puerta, entra tímidamente, pero suele llegar hasta la cocina.
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