Una de las cosas más fascinantes del debate político actual es el retrato que algunos hacen cuando hablan del hombre de "derechas". No tanto por lo que dice ese hombre, sino por la extraordinaria cantidad de ideas contradictorias que parece sostener al mismo tiempo.
Aparentemente este sujeto es simultáneamente liberal radical y fascista. Cree en el individualismo absoluto, pero también en el colectivismo identitario. Defiende el capitalismo salvaje, aunque curiosamente también es nazi (una ideología que históricamente fue profundamente anticapitalista en su retórica económica)
En ocasiones también es libertario, lo que implica una desconfianza profunda hacia el Estado. Pero, al mismo tiempo, se supone que sueña con un Estado totalitario.
Sin duda es un hombre increíblemente versátil. Un tipo capaz de sostener a la vez posiciones económicas incompatibles, teorías del poder mutuamente excluyentes y modelos de organización social que no pueden coexistir en el mismo universo lógico.
Sin duda estamos ante un prodigio filosófico. Un hombre capaz de ser al mismo tiempo colectivista y ultraliberal, estatista y antiestado, corporativista y libremercadista.
Quizá el misterio no esté en ese supuesto personaje sino más bien en la necesidad de imaginarlo así. Cuando todas las posiciones que uno desaprueba se fusionan en una sola etiqueta, el debate deja de ser un intercambio de ideas y se convierte en algo más sencillo: una categoría donde cabe todo. Cuando todo cabe en una misma palabra, la palabra acaba significando muy poco.
También podemos hacer lo mismo con el comunista socialdemócrata que a su vez es independentista; que es colectivista pero a su vez se obsesiona con tener una identidad única.
Con tanta caricatura al final parece que estamos en un circo.
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