Cuando el presidente anunció la conquista de Groenlandia, nadie lo contradijo. Así que sus asesores idearon algo más barato que una guerra: simular la victoria.
La economía no daba ni para alquilar Disneylandia. Apenas consiguieron nieve artificial, unas vallas torcidas y un cartel improvisado: Presidentland.
—No va a funcionar.
—¿Tienes una idea mejor?
—Claro que no. Esta era mi idea, pero esto es muy burdo.
La Bestia llegó puntual. Dos agentes del servicio secreto ayudaron al presidente a bajar.
—¿Así que esto es Groenlandia? —dijo, aspirando el aire—. Apesta y es sucio… definitivamente extranjero.
—La población le espera con entusiasmo, señor presidente.
Observó a los niños, la decoración precaria, el horizonte falso. Sonrió despacio.
—Perfecto. Que me tomen la fotografía desde este lado.
Los asesores se miraron suspirando aliviados.
Mikhail