En los últimos años se ha extendido una exigencia de neutralidad moral que roza lo obsceno: hay que entenderlo todo, contextualizarlo todo, incluso cuando lo que tenemos delante son ideologías que ya demostraron de qué son capaces. Conviene decirlo con claridad: odiar el nazismo no es un exceso, es una señal de decencia.
El nazismo no fue simplemente un error histórico, sino una ideología coherente en su crueldad. Negó la dignidad humana, jerarquizó a las personas según su origen, definió enemigos internos y convirtió la violencia en una herramienta legítima del Estado. Rechazar —y sí, odiar— una doctrina que convierte a seres humanos en prescindibles no es intolerancia: es ética básica.
Ese rechazo nace del conocimiento de la historia. El nazismo fue el Holocausto, la persecución sistemática de minorías, la criminalización de la disidencia, la exaltación de la nación como entidad sagrada y una guerra de agresión que dejó decenas de millones de muertos. Ante hechos así, la repulsión no es irracional; lo irracional sería la equidistancia.
La historia no se repite de forma literal, pero sí rima. Por eso resulta inquietante observar cómo ciertos patrones reaparecen hoy en democracias formales. En Estados Unidos, la deriva autoritaria se expresa en la militarización del control migratorio, el uso de fuerzas federales contra la protesta social y la normalización de la violencia estatal contra civiles que ejercen derechos democráticos. Cuando el Estado empieza a tratar el disenso como una amenaza interna, el terreno se vuelve peligrosamente familiar.
En España, Vox encaja en esa misma lógica de reproducción de patrones. Su discurso político se articula alrededor de elementos centrales del pensamiento nazi: la idea de una nación homogénea amenazada, la existencia de enemigos internos, la deshumanización del inmigrante, el señalamiento constante de minorías —migrantes, personas LGTBI, feministas— como responsables de la decadencia social, y la apelación a una identidad nacional esencial que debe ser “defendida”.
El planteamiento de la “remigración”, la criminalización colectiva de personas extranjeras, la negación de la violencia machista, el ataque sistemático a los derechos de las personas LGTBI y la voluntad explícita de derogar leyes de memoria democrática no son anécdotas discursivas: son mecanismos políticos clásicos del autoritarismo, utilizados históricamente para legitimar exclusión, represión y violencia. Exactamente así empezaron otros regímenes que hoy casi nadie se atreve a justificar. Y quienes lo hacen suelen compartir valores con los criminales que los impusieron.
No es necesario que existan campos de exterminio para reconocer una lógica peligrosa. El nazismo no comenzó con cámaras de gas, sino con discursos, normalización del odio, relativización de la violencia y una sociedad convencida de que algunos seres humanos valían menos que otros. Cuando un partido propone restringir derechos en función de la identidad, borrar la memoria de los crímenes del pasado y señalar colectivos enteros como amenazas, no está innovando: está reciclando una ideología ya conocida. No miran hacia el futuro: miran hacia un pasado cuyos crímenes relativizan y cuyos errores están dispuestos a repetir.
A menudo se intenta desacreditar este rechazo confundiendo el odio a una ideología con el odio a personas por lo que son. La diferencia es esencial. Nadie elige su origen, su orientación o su identidad. Apoyar al nazismo, o a sus herederos ideológicos, sí es una elección política consciente. Criticarlo con dureza no es atacar identidades: es defenderlas.
También conviene desmontar la idea de que toda emoción negativa es éticamente sospechosa. La indignación, la ira o incluso el odio frente al mal extremo cumplen una función moral, la de señalar límites. No sentir nada ante ideologías que promueven exclusión y violencia no es superioridad ética; es anestesia moral. La misma anestesia moral que nos permite ver un genocidio en directo e insistir en que no lo es porque todavía no hay condena formal. Siguiendo esa lógica, los nazis no habrían cometido genocidio hasta después de perder la guerra, ser juzgados y condenados, pese a que lo fueron precisamente por lo que hicieron durante la guerra.
Odiar el nazismo es, además, una forma de memoria activa. Estas ideas no desaparecieron en 1945: se suavizan en el lenguaje, se presentan como “sentido común” y reaparecen cuando se banaliza su legado. Recordar lo que fueron implica rechazarlas sin ambigüedades en el presente, sin falsas equidistancias: reconocer el daño que causaron, los millones de vidas que aniquilaron, las familias mutiladas y las generaciones que no nacieron porque sus padres fueron asesinados. También implica recordar quiénes les ayudaron entonces y quiénes, hoy, siguen justificando o glorificando a sus cómplices, como hacen Vox y la extrema derecha en España.
Porque no todo odio es equivalente ni toda aversión es inmoral. Cuando se dirige hacia los malvados, no es maldad: es sed de justicia.
Pepepaco
LokoYo_
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