Cuando, sobre las nueve de la mañana del día 24, una pandilla de verdugos federales se echó sobre Alex Pretti, en la Avenida Nicollet de Minneapolis, lo que este llevaba en la mano no era su pistola –que tenía guardada en la funda– sino un móvil, es decir, una cámara. Pretti, en otras palabras, perdió la vida en su intento por documentar los actos fascistas de un régimen autoritario empeñado en demonizar a los inmigrantes