—Joder man, me han hecho ghosting. Escucha mi historia porque es bien bizarra. Hace tres años, andaba yo por las calles performeando cuando me rodeó una docena de indies. Al principio no me dieron buenas vibes, pero me habían estado stalkeando y les flipaba mi rollo underground, tanto que comenzaron a seguirme. Y así fue como me convertí en influencer. Nunca entró en mis planes, pero una voz dentro de mí me pedía que siguiera, por lo que hice un reset y enfrenté mi destino. Pronto reuní a cientos de followers que me seguían de festi en festi, y empecé a putopetarlo tanto que temí convertirme en mainstream. "No te vendas nunca, maestro", me decía Judas, que iba de auténtico pero era puro postureo...
—Mira barbitas, me importa un carajo tu vida. Carga la puta cruz o te reviento a latigazos. ¿Mentiendes?
Encontré en el armario de mi tío Pepe un abrigo negro de cuero. Largo. Con grandes solapas.
En los cincuenta, le llamaban el alemán por ponérselo. O el nazi.
En los sesenta le llamaban muerto de hambre, por seguír poniéndoselo.
A finales de los setenta y proincipios de los ochenta, le llamaban Darth Vader.
En los ochenta se lo ponía su hija, y llamaban vampiresa. Le quedaba mejor que al tío, porque ella era mucho más alta, todo hay que decirlo, y medio pelirroja.
En los dos mil, se lo puso el nieto de el tío Pepe y lo llamaban rocker. O metalero, o ya no sé muy bien qué, pero algi relacionado con un grupo d eemúsica que tenía el chaval con sus colegas.
Ahora, he regresado a la casa del pueblo, casi en ruinas, y he encontrado el puto abrigo. Me lo puse un día, por echarme unas risas, y me han llamado hipster ¿Será la suma de todo lo anterior?
Dicen que no, pero yo creo que sí...
Y espera a ver lo que le llaman a mi hijo cuando se lo ponga dentro de diez años o quince. A ver si hay suerte y llego a verlo...
Bebió de su cognac, y paladeó su ducados, mientras la bufanda raída de su madre se apoyaba elegante sobre el chaleco de su tatarabuelo. Sentado en un sillón bajo del café intelectual, la pierna cruzada apoyada en el tobillo, desenfadado y poderoso en un mundo ceñido a sus reglas, concebido para la sutileza de la propia adoración, miraba al vacío con desdén, y ese aire de estar pensando profundamente algo que cristaliza en este justo momento.
Las RayBan de piloto de Top-Gun hubieran despertado demasiadas sospechas, pero le hubiera gustado ponérselas.
En el fondo no hacía más que impostar la realidad, los hipsters eran otros.
No necesitaba el atuendo para inventar un estilo grotesco de surrealismo pedante, y a la vez auténtico como el rocío sobre un pétalo.
Salvo quizá para encontrar a alguien como él, una rebelde Caperucita de Maldoror.
Su Bianca, mon amour, mon Italie.
Se acicaló la barba, se puso las gafas de pasta (sin graduación), su chaqueta de franela y tirantes. Cogió su bicicleta, guardó su diccionario de esperanto en la mochila, y quedó con sus amigos, que se habían acicalado la barba, con sus gafas y con su franela y tirantes, que también habían venido en bici. Y se sentían especiales y auténticos, no como esa gente que sigue las modas que les dictan.
La especialidad filtrada en V60 con fermentación anaeróbica consiguió que rozaran las manos. Sonrieron. Salieron a la calle. Bajo la lluvia, un portal los juntó demasiado; el beso fue breve y prometedor. La noche, para beber despacio y prestar atención. Limpia, delicada y expresiva. Cuerpos ligeros sin acidez. Brillantes.
El frío groelandés ha dejado congeladas a estas pobres neuronas sureñas, el ganador de esta semana ha sido realmente Geopolítica... o no de ContinuumST www.meneame.net/m/microrelatos/geopolitica-o-no
Estábamos haciendo un documental sobre una película, con algunos años a sus espaldas. Buscábamos a los actores y los entrevistábamos. Mi papel era solamente acompañar al director.
La siguiente era una actriz conocida, pero de la que casi nadie sabía su nombre, la siempre eterna secundaria que salía en todas las películas, pero no de protagonista.
La encontramos en un asilo, de monjas, que la conocían de sus buenos tiempos, mejor que ahora, caida en el olvido, del público y de si misma, víctima del Alzheimer.
Yo la observaba desde lejor, sentada en el bordillo de una acera, flanqueada por dos monjas, que supongo la acompañaban por la novedad de la visita. El director le hacía preguntas a una tercera monja, quizá la superiora, que respondía en nombre de ella. Yo permanecía atrás, espectador de una historia que se estaba escribiendo.
La actriz, ya anciana, jugaba como si fuera una niña pequeña de 2 años, absorta en sus propios pensamientos, ajena a una conversación que giraba en torno a ella.
Pedí permiso para acercarme, y me senté a su lado. Ella seguía jugando, sin hacer mucho caso de mi presencia a su lado. Sentí algo extraño, profundo: como si fuera mi abuela, pero no lo era. El sentimiento estaba ahí, indiscutible.
Se giró hacia mí y me dijo “si conoces a alguien con una moneda, plateada o dorada, dile si me la puede dar”. Metí la mano en el bolsillo, y saqué una moneda de 20 céntimos, brillante, y se la dí.
La cogió y me miró. Y durante un instante, volvió. Pero no del todo. Sólo consciente de que estaba enferma, de que debía reconocerme, pero no lo hacía. Me miró con una claridad dolorosa.
-”Si alguna vez olvido acordarme de tí, no olvides acordarte tú de mí.”, me dijo.
Y volvió a desaparecer, y a volver a jugar con su moneda plateada.
El director seguía preguntando, las monjas seguían contestando. Y yo supe que esa frase no era para el documental, era para alguien que todavía podía recordar.
De todos los que estábamos allí, yo era el único que no hablaba sobre ella, si no con ella.
Se encaprichó de la chica con el pelo de Amélie que siempre veía sola en el gastro-bar donde hacían catas de cerveza artesanal, el que sustituyó a la tasca de toda la vida. Con su aspecto de “normie” poco podía hacer. “Renovarse o sufrirlo en soledad”, pensó.
Lo primero que hizo fue dejarse barba, pero a los cuatro días parecía que se había estado morreando con un tapiz, así que se afeitó.
Le pagó una morterada a un peluquero bigotudo y con tatuajes, pero al día siguiente parecía más un soldado alemán peinado por la onda expansiva de un proyectil que un entusiasta del cine de Kaurismäki.
Se compró monturas nuevas para las gafas, pero la pasta castigaba sus orejas de soplillo.
Rescató de una caja la Rolleiflex del abuelo, pero no sabía abrir la tapa para meter el carrete.
Decidió echarle valor y tirar de labia, así que se puso una camiseta vieja y unos vaqueros, y se fue en busca de Amélie.
Allí la encontró. Pidió dos cervezas de arándanos y entró a matar. A ella le gustó su camiseta de Matutano, pero le aburrió su parloteo.
—¿Todo esto se lo has preguntado a ChatGPT para impresionarme?—le interrumpió Amélie.
—¿ChatGPT?—contestó él haciéndose el indignado—¡Yo solo consulto la Enciclopedia Encarta!
Barrio de El Born, 2:30 de la madrugada.
- Le estaba contando a Ramiro lo de las sensaciones. Es que matar a alguien tiene muchas capas, no es simplemente cargárselo y ya. Es una proyección y una declaración de intenciones. Tiene su vibra, en plan una experiencia orgánica total. De algún modo tú estás siendo el que mata y la víctima, es un espejo en el que te miras para afirmarte ¿sabes? Es muy fuerte. Y va el tío y me dice: "Lo de la navaja es muy mainstream, yo lo de Jack el Destripador lo hacía cuando era chaval, pero si te quedas ahí y no evolucionas es todo aburrido. Eso antes molaba, ahora es muy charca".
- ¿Te parece normal lo que me suelta?
- Qué mal, tío.
- Tremendo gilipollas
Las dos figuras se alejan. Callados van pensando en el outfit con el que matarán mañana.
En todas mis vidas, y mis muchas muertes, he conocido a gente de todo tipo. En los años ochenta, en los Estados Unidos, conocí a Frank (se llamaba Harry) y él me explicó en un “fumadero de jazz”, los que vivieron esos años ya saben a lo que me refiero, que el movimiento de caderas era para los listillos que sabían mucho de jazz. Yo sabía lo justo y me lloraban los ojos de tanto humo de tabaco en esos locales de música. Los llamaba listillos en una traducción barata al inglés de la época. Años después, muchos, me encontré con cosas que no entendía, barbas de chivo y cafés extraños, me dije a mí mismo que había perdido el tiempo. Sólo me quedé con el humo de aquellos locales de jazz donde la gente usaba esa palabra.
Se acercó un enlister
A alistar a los hipster
Pero vino un magister
Acompañado de su assister
Y los metió en un cloister
Donde los atendió una sister
Les vendió a todos un blister
Que había contenido klister
Y se hizo una blacklister
Un chantaje a los mister
Que habían sido hipster
"Preferimos, hermana sister,
que nos clave un leister,
o que nos lleve un twister
antes que un falso blister de klister.
Le diremos a nuestro barrister
Que la lleve ante el minister."
Antes, en el lounge, bebía craft beer, pero desde que se hizo mainstream siempre pido Cruzcampo.
menéame