La respuesta apunta menos a la seguridad y más al ego político. Trump quiere dejar huella física, territorial. Admira abiertamente a presidentes expansionistas como Thomas Jefferson, que duplicó el tamaño del país con la compra de Luisiana, o William McKinley, bajo cuyo mandato se anexionó Hawái. Según el análisis de CNN, Trump no quiere compartir ni negociar, quiere poseer. Y, si pudiera, rebautizar. De ahí la ironía de Trumpland, que en realidad encierra una advertencia: la tentación imperial está de vuelta en la Casa Blanca.