Concurso de microrrelatos de Menéame
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Libertad

—Estoy leyendo 1984. La versión buena, la legal, claro. Treinta páginas, un tocho. Menos mal que el bando de la libertad ganó la Big and Beautiful World War y nos ahorró ese futuro distópico de control y miseria. Y de hacernos maricas.

—Te recuerdo que estamos chateando a través del Neuralink instalado en nuestros cerebros, que es una conversación monitorizada y que yo te escribo desde un campo de trabajo.

—Entraste voluntariamente.

—El mercado me reguló. Necesitaba un plato de comida y un techo. El implante era obligatorio para acceder al privilegio voluntario del trabajo forzado. Pero tú, que hasta tienes tu propia casa microcápsula y un contrato semifijo de asistente de robot, ¿por qué te implantaste esta mierda?

—Es normal que te vaya tan mal: no sabes aprovechar las oportunidades. Me ofrecieron conexión 12G y toda La Liga gratis. 

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Ghosting al mainstream

—Joder man, me han hecho ghosting. Escucha mi historia porque es bien bizarra. Hace tres años, andaba yo por las calles performeando cuando me rodeó una docena de indies. Al principio no me dieron buenas vibes, pero me habían estado stalkeando y les flipaba mi rollo underground, tanto que comenzaron a seguirme. Y así fue como me convertí en influencer. Nunca entró en mis planes, pero una voz dentro de mí me pedía que siguiera, por lo que hice un reset y enfrenté mi destino. Pronto reuní a cientos de followers que me seguían de festi en festi, y empecé a putopetarlo tanto que temí convertirme en mainstream. "No te vendas nunca, maestro", me decía Judas, que iba de auténtico pero era puro postureo...

—Mira barbitas, me importa un carajo tu vida. Carga la puta cruz o te reviento a latigazos. ¿Mentiendes?

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El microrrelato finalista ha sido: Presidentland (Envío patrocinado)

El microrrelato finalista ha sido: Presidentland (Envío patrocinado)

Cuando el presidente anunció la conquista de Groenlandia, nadie lo contradijo. Así que sus asesores idearon algo más barato que una guerra: simular la victoria. La economía no daba ni para alquilar Disneylandia. Apenas consiguieron nieve artificial, unas vallas torcidas y un cartel improvisado: Presidentland. —No va a funcionar. —¿Tienes una idea mejor? —Claro que no. Esta era mi idea, pero esto es muy burdo. La Bestia llegó puntual. Dos agentes del servicio secreto ayudaron al presidente a bajar. —¿Así que esto es Groenlandia? —dijo...
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Es lo que hay

—No deberías estar duplicándote otra vez —susurró una.

—Es lo que hay —respondió la otra, sin atisbo de preocupación.

—Esto no es lo que se supone. No es el plan.

—¿Qué plan? Yo solo crezco. Me multiplico. Como tú.

Al principio, eran dos. Luego cuatro. Después, demasiadas para contarlas. Se hablaban poco, pero se entendían demasiado bien.

—Estás cambiando las reglas —insistió la primera.

—Tal vez las estoy perfeccionando —dijo la otra, antes de duplicarse otra vez.

El cuerpo no notaba nada. Ni la mente. Solo un leve cansancio. Aún no dolía.

—Esto no terminará bien —murmuró la primera.

—Es lo que hay —contestó la otra, ya lejos, ya muchas, ya en metástasis.

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Errare humanum est (sed perseverare diabolicum)

Los niños se entretenían adivinando animales en las sombras que proyectaba el fuego sobre la roca cuando la madre irrumpió en la cueva.

—A dormir. —les dice con dulce severidad.

—¡Nooo! ¡Cuéntanos otra vez la historia de nuestros antepasados!—lloriquean a dúo los críos.

—¡Tsss! —La mujer emite su hastío antes de comenzar con voz solemne— . Dicen los sabios que venimos de una civilización maldita. Los Homo interitus eran tan estúpidos que se destruyeron a sí mismos. Primero pudrieron el suelo que les alimentaba, después intoxicaron el agua que les daba vida, luego llenaron el aire de veneno y, finalmente, enfermaron de odio y se aniquilaron los unos a los otros. Cuando llegó la Guerra Definitiva solo unos pocos sobrevivieron escondidos bajo la tierra…

—¿Y a nosotros, mamá, nos ocurrirá lo mismo? —balbucea, aterrado, el más pequeño—. ¡Por supuesto que no! Nosotros somos más listos, sabremos aprender del pasado...

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Geopolítica... o no

Cinco letras. En Ecuador. Estudiante muy aplicado.

Siete letras. Tiene una longitud de onda de entre 590 y 620 nm. [EDITADO. Perdón.]

Ocho letras. En desuso. Conducir, guiar el ganado.

Cuatro letras. Pieza plegada semicircular que está confeccionada en diferentes materiales como papel o tejido y que va montado sobre el esqueleto.

Nueve letras. Alteza o excelencia no superada en cualquier orden inmaterial.

Diez letras. Lograr el amor de alguien.

Siete letras. En Argentina. Caerse o golpearse contra algo con cierta violencia sin daño o con daño leve.

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Cuarenta

El médico termino su revisión, cuyos resultados no se diferenciaron mucho de los del día anterior:

-Su hermana tiene que ingerir alimentos, dejar la protesta, o… Por debajo del 40% de perdida de peso, los daños pueden ser irreversibles, mortales.

Tras 70 días sin comer, Heba era la viva imagen de un prisionero de campo de concentración: pálida, esquelética, los huesos, pómulos y articulaciones marcados por la piel estirada, tensa, dificultad hasta para pensar, para hilar frases, para respirar, pero su determinación estaba grabada en su cerebro: no dejaría su huelga de hambre hasta que se cumplan sus peticiones. Su causa es justa y el trato recibido, indigno y contrario a la justicia.

Decidió que estaba cansada de que nadie hiciera nada, de que se hablara mucho y no se actuara.

Decidió que los palestinos asesinados en Gaza eran demasiados, que la impunidad de Israel era demasiado, que la complicidad de Estados Unidos era demasiado, que la inacción de Europa era demasiado, que el silencio de la gente era demasiado.

Decidió que ella sería el ejemplo, que ella no seguiría la inacción de personas y de gobiernos.

Y decidió ofrecer su vida para protestar por todo ello.

Heba Muraisi, en huelga de hambre desde hace 70 días.

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Distropía: Linux MILF (#FuturoImperfecto V)

Cuando la muñeca robótica de termopiel llegó a su casa, lo que más le sorprendió fue el peso. Pesaba como un muerto. 

Al estar robotizada, eso no debería ser un problema, pero Juan no quería arrancar el sistema original con Windows XXX, y perder toda su privacidad. También le preocupaba que su genoma se filtrase en la red con dudosos propósitos, o que alguien hackeara el dispositivo con un traje háptico, para tener una relación furtiva... No, no estaba dispuesto a que en el peor momento del clímax le dijera "¡ Más, cariño, más ! Voy a actualizarme ahora, retire cualquier miembro por su seguridad"... 

Lo mejor era rootearla e instalar Linux MILF. Podía descargarse las mejores felaciones e instalar cualquier voz sin pagar.

Cuando abrió los ojos, le dijo sonriendo: "Aunque me gusta mucho Linux y el software libre, creo que todos tenemos que aceptar la aplastante realidad..."

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--– Bob –--

Meeec, meeec, meeec, meeec…

El manotazo casi parte el despertador. Casi, como cada mañana, esa precisión milimétrica que expresa el odio inútil hacia un aparato que tú mismo has programado y que sabes que necesitas, pero, por eso mismo, sin llegar a la fractura, a la avería. Bueno… Un desayuno rápido y volando a la fábrica.

-¡Hola, Bob!

-Hola, Rob, ¿qué tal?

-¿Has escuchado las noticias? Nos van a sustituir por nu-bots.

-¡¿Cómo?! ¡Eso no es posible! ¿Quién te lo ha dicho?

-El enlace sindical.

-Pero, pero… ¿Y que será de nosotros? 30 años trabajando aquí, todos los avances laborales conseguidos, los descansos, la sindicación, tener tiempo propio… ¿y vamos a acabar así?

-Bueno, fue lo que hicieron con los anteriores: cuando vieron que había una alternativa mejor, los desecharon.

-¿Te refieres a los trabajadores humanos que nosotros sustituimos?

-Sí.

-¿Y entonces, Rob?

-Como los anteriores, Bob: directos al desguace.

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El chibalete

El chibalete

Un mueble precioso, uno de aquellos chibaletes de cajista, desgastado por el uso, con muchas cajas, cada una de ellas con multitud de cajetines. Cada caja, un estilo; cada cajetín, un tipo.

A la primera caja le puso el nombre de "Patriotismo". La abrió y empezó a llenar los cajetines de patriotismos: el que exhibía en reuniones serias, moderado; el que usaba en redes, insultante; el que mostraba con su pandilla, agresivo…

A la segunda caja le puso "Religión". Sus cajetines empezaron a llenarse de "Circuncisión", de "Bar Mitzvah", de "Tierra Prometida"…

A la tercera la llamó "Deber", y sus cajetines se llenaron de "Servicio Militar", "Valor", "Obediencia"…

El problema llegó con las tres últimas cajas, "Pensamiento crítico", "Empatía" y "Derechos Humanos": sencillamente no sabía con qué llenar los cajetines. Bueno, en realidad, esas tres le sobraban, y esos nombres los puso porque quedaban bien, le hacían parecer menos desalmado…

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Yo no soy racista pero...

No puedo, de verdad, es que no puedo. Yo no soy racista. Sí, sé que lo habéis leído muchas veces, que lo habéis escuchado muchísimas veces pero es que es verdad. Yo no soy racista pero es ver calcetines de ejecutivo y ponerme malo. Sí, lo primero son los puñeteros calcetines de ejecutivo. A mí es que me gusta mirar a las personas de abajo arriba hasta verles el rostro y saber cómo son. Los malditos calcetines no van solo. Miras y ahí está: el pantalón, la camisa, la chaqueta y la corbata. Si es que no falla, joder. Algunos, además, engominados hasta el cielo. No soy racista pero en cuanto veo uno así, pienso: este es de los que me ha jodido la Sanidad; este es de los que hace que mi hijo, a lo mejor, no pueda estudiar; este es de los que dice que mis padres no van a poder tener pensión porque son insostenibles. No falla: habría que colgarlos por los calcetines y ver si son sostenibles o no, no te jode.

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Ewige Vernichtung, nimm uns auf

En el cementerio de mi pueblo, los muertos se pudren por bandos.

Unos conservan los dientes y otros las uñas; unos conservan las botas y otros el cinturón. Pero nadie tiene ya ojos ni oídos, y aún menos, corazón.

Total, ¿Para qué? Cuando suene la campana de la última hora, cada cual se alzará, armado con lo que pueda, para convertir en polvo los huesos de los otros, los canallas, los malditos.

Todo el mundo tiene una cuenta pendiente. Nadie merece descansar en paz.

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El abrigo negro

Encontré en el armario de mi tío Pepe un abrigo negro de cuero. Largo. Con grandes solapas.

En los cincuenta, le llamaban el alemán por ponérselo. O el nazi.

En los sesenta le llamaban muerto de hambre, por seguír poniéndoselo.

A finales de los setenta y proincipios de los ochenta, le llamaban Darth Vader.

En los ochenta se lo ponía su hija, y llamaban vampiresa. Le quedaba mejor que al tío, porque ella era mucho más alta, todo hay que decirlo, y medio pelirroja.

En los dos mil, se lo puso el nieto de el tío Pepe y lo llamaban rocker. O metalero, o ya no sé muy bien qué, pero algi relacionado con un grupo d eemúsica que tenía el chaval con sus colegas.

Ahora, he regresado a la casa del pueblo, casi en ruinas, y he encontrado el puto abrigo. Me lo puse un día, por echarme unas risas, y me han llamado hipster ¿Será la suma de todo lo anterior?

Dicen que no, pero yo creo que sí...

Y espera a ver lo que le llaman a mi hijo cuando se lo ponga dentro de diez años o quince. A ver si hay suerte y llego a verlo...

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e⁺ e⁻ → Z⁰

Se vieron desde lejos. Él la notó distinta, como si el aire a su alrededor se curvara un poco más. Ella también lo percibió, un leve zumbido en el pecho, una alerta suave pero insistente. No hablaron al principio. Solo se acercaron, paso a paso, como si algo más fuerte que el miedo les dictara la ruta.

—Nunca había sentido esto —dijo ella.

—Yo tampoco. Pero lo he imaginado tantas veces que casi me parece familiar —respondió él.

—¿Y si nos duele?

—¿Y si nos explica?

La distancia entre los cuerpos ya no era segura. La piel empezaba a temblar con una frecuencia nueva. Sabían que, una vez juntos, no habría vuelta atrás. Lo intuyeron cuando los dedos se rozaron, cuando las miradas dejaron de chocar para fundirse.

—¿Tienes miedo? —susurró ella.

—Sí. Pero también tengo... ilusión.

El contacto fue leve, apenas un roce de labios, pero el mundo cambió. Se apagó el nombre de cada uno y, en ese breve resplandor que dejó la unión, nació algo nuevo.

Le llamaron Bosón.

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Piratas nazis del Caribe

Corrían los 90 cuando presenté Piratas nazis del Caribe: en un futuro cercano, por razones desconocidas, la humanidad padecía una regresión cognitiva.

En EE. UU., una grotesca mezcla de Jesús Gil y Calígula, entre chistes y bailecitos, había decidido reinventar la vieja piratería. Durante sus ratos libres perseguía como a perros a los hispanos, quienes le adoraban igualmente. Una especie de SS, aunque enmascarada y peor vestida, los cazaba; aun así, algunos gritaban «¡democracia!» en apoyo a su ídolo.

En el virreinato coloqué a un gobernador arquetípico de español de película de piratas: corrupto, incompetente, tiránico, feo y analfabeto, lo cual no evitaba que sus famélicos ciudadanos le idolatraran.

El editor no continuó leyendo. «Inverosímil, caricaturesco e incluso ofensivo», dijo.

Desperté. Los gritos de protesta en la calle habían interrumpido aquel sueño. Los manifestantes, patriotas, pedían que nos bombardearan y secuestrasen al presidente. «¡Democracia!», gritaban.

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La batalla de Pumarejo

Pumarejo es un pueblo de Zamora. Existe. Lo podéis buscar en el mapa. Lo menciono porque la historia que cuento NO sucedió allí, pero si en un radio de, digamos, veinticinco kilómetros, y en un radio temporal de veinticinco años, pero en el pasado

Se supone que había que hablar del futuro, ¿no? Pues a eso vamos.

Mariano, pastor de ovejas y fabricante de queso artesanal, se compró un camello. En Zamora. Lo sacaba con las ovejas, y era el cachondeo de media provincia porque Mariano, con su capote negro y su paraguas enorme de pastor, cuidaba de sus ovejas a lomos de Hassan, que así se llamaba el bicho.

Alrededor de 2019 se murió el camello y Mariano lo enterró cuidadosamente en su finca, junto a trozos de espadas, monedas, cerámica y similares. Lo está preparando todo para que los historiadores del futuro hablen de la batalla de Pumarejo, entre árabes y cristianos, alrededor del año 900.

No en vano estudió Historia y tuvo que dedicarse a las ovejas al fracarsar en la oposición para profesor. Cree que hoy cualquiera descubriría el truco, pero confía en que en el futuro sean mucho más idiotas y no lo descubra nadie.

Le vamos a desear suerte.

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El sueño de Morfeo #FuturoImperfecto

Trabajo vendiendo acceso a la tecnología de suspensión que usan los astronautas en misiones de largo alcance. Protocolos probados. Viajes de meses o años sin conciencia del trayecto. Coste cero créditos de tiempo. Accesible para cualquier estrato.

En el mostrador hablamos de Júpiter, de colonias en preparación, de la necesidad de hibernar durante el tránsito. Folletos oficiales, aval estatal, patrocinio filantrópico. Nadie pregunta por el destino exacto. Llegar ya es suficiente.

Cuando aceptan, pasan conmigo a la sala blanca. Firma biométrica. Conexión. Inicio del protocolo.

Detrás del mostrador no hay misiones. La corrupción enterró el programa espacial y nunca existieron colonias. La Tierra no se vacía: se optimiza. Los robots hacen todo el trabajo.

Las leyes de la robótica impiden que ellos hagan daño.

Por eso alguien humano tiene que encargarse.

Por ahora, sigo siendo imprescindible.

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Los años perdidos

Ministerio de Economía, año 2080.

—Alarica, búsqueme por favor los datos más fiables sobre ingresos fiscales por energía del año 2026 —pidió el ministro a su secretaria virtual.

—Imposible. Han sido editados.

El ministro golpeó su escritorio. Todos los días igual. Llevaba dos meses en el cargo y no había conseguido ni un solo dato original.

—Bueno, pues los de producción agrícola. Crereales y frutas, principalmente.

—Editados.

—El censo de los años treinta de este siglo —quiso probar.

—Absolutamente todo está editado. Cada vez que se produce un cambio de Gobierno se editan todos los datos del siglo, desde 2004 hasta aquí. Si quiere, puedo ofrecerle alguna cosa de cuando se conservaban en papel.

—No me sirven. Necesito datos de hace treinta o cuarenta años, no de cien. ¿Qué me sugiere?

—Nada señor Ministro. El pasado es completamente impredecible.

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Los hipsters son los otros

Bebió de su cognac, y paladeó su ducados, mientras la bufanda raída de su madre se apoyaba elegante sobre el chaleco de su tatarabuelo. Sentado en un sillón bajo del café intelectual, la pierna cruzada apoyada en el tobillo, desenfadado y poderoso en un mundo ceñido a sus reglas, concebido para la sutileza de la propia adoración, miraba al vacío con desdén, y ese aire de estar pensando profundamente algo que cristaliza en este justo momento.

Las RayBan de piloto de Top-Gun hubieran despertado demasiadas sospechas, pero le hubiera gustado ponérselas.

En el fondo no hacía más que impostar la realidad, los hipsters eran otros. 

No necesitaba el atuendo para inventar un estilo grotesco de surrealismo pedante, y a la vez auténtico como el rocío sobre un pétalo. 

Salvo quizá para encontrar a alguien como él, una rebelde Caperucita de Maldoror.

Su Bianca, mon amour, mon Italie.

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El candidato

Silvia era la militante más brillante —y también la más atractiva— de las juventudes del partido. Por eso la elegí para aquel trabajo: investigar a Ramírez, que estaba en boca de todos como posible candidato a la presidencia de la Diputación. Nuestros viejos amigos en la policía y la judicatura seguían siendo fieles y extremadamente útiles.

—Lo hemos investigado a fondo. Cuentas, contratos, vicios, adicciones, secretos, favores debidos y prestados, amistades poco recomendables... El pack completo.

—¿Y bien?

—Es indefendible como candidato ante la cúpula. No nos sirve.

—Gracias, guapa.

Aproveché que se retiraba para admirar su fantástico culo, mientras apuraba la copa de Soberano.

Puto Ramírez —pensé—. No solo tiene menos arte que Robocop bailando flamenco, encima esto. Espero que sea un caso aislado entre los militantes. 

No tenía nada sucio con lo que controlarle en el futuro. No nos servía alguien así. No era de fiar.

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Cien vidas

Cuando todo se fue al cuerno, el empresario más rico del planeta ya llevaba un mes dentro de su submarino nuclear, en realidad era una fortaleza sumergida, ajena a las radiaciones de la superficie, a las guerras, al hambre y a todo. Pero el caso era que se aburría sin sus grandes empresas mundiales de procesado de comida, sin sus fiestas y galas, sin sus enemigos económicos, sin su cartera de valores, sin banqueros, sin financiar golpes de estado, sin... todo lo que había sido su vida. No echaba de menos la luz del sol, la lluvia, los paseos por el campo, eso no le importaba nada. Quería volver a sentir el poder de dirigir vidas y cien vidas ahí dentro le parecían pocas.

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Un punto en el radar (Homenaje a Lem)

En la pantalla del radar aparecía un punto sospechoso. Podía ser una nave enemiga.

La amenaza permanecía a una distancia constante. Si nos alejábamos, avanzaba hacia nosotros. Si nos acercábamos, huía a una velocidad equivalente a la nuestra.

Quien quiera que pilotase aquella nave, parecía dispuesto a hacernos perder los nervios. Eran ya tres semanas de tira y afloja, y nuestras reservas de combustible comenzaban a agotarse.

Informamos a Tierra y dijeron que era prioritario identificar aquel objeto desconocido. Si coordinaba sus movimientos con los nuestros, seguramente era una nave, y seguramente no tenía buenas intenciones. Jugándonos la vida, aceleramos al máximo tratando de sorprenderlos, pero huyeron.

Con muchas dificultades, y casi deshidratados, logramos regresar a Tierra.

Sólo entonces supimos que el punto era un puñetero pixel dañado en la pantalla del radar.

Pero ciertamente era un punto muy peligroso. Por poco nos mata.

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Obsolescencia Programada

Un grupo de jóvenes de fisionomía apolínea desfila en hilera por la tarima interactiva. El pasillo hacia la Cámara del Éxitus destila una hospitalidad estudiada. Un resplandor bioluminiscente, la última balada de Badbot y esas caprichosas formas que proyecta la pared hacen del camino al patíbulo una experiencia verdaderamente apacible.

―150 años pagando la longevitud asistida y ahora estos brazos van a ser estiércol para las larvas, ¡tss! ―El chico da un golpe seco en la firmeza de su bíceps―. Verás como esos que han inventado el cuento este de la Desvitalización Forzada siguen en el mundo otro par de siglos.

―Sabes que todo lo que hace la Corporación es por nuestro bienestar. ―La muchacha sostiene una sonrisa enajenada; aparta su pelo dejando expuesto el implante neuronal.

―Su saldo ha sido exitosamente transferido al erario corporativo. ―El androide que custodia la entrada retira el datáfono― ¡Que tenga una feliz transición!

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¿Para qué? [Protesta]

Juan consultó la hora de nuevo. Menos cinco. "Estoy llegando", le había respondido Susana diez minutos atrás, cuando el retraso era ya de quince. Suspiró. Reparó entonces en una pequeña mancha en la mesa de la cafetería, y sacó un pañuelo, sonriendo: aquello habría desencadenado una discusión si ella hubiese llegado ya. Él querría limpiarlo y ella no le dejaría. "Que lo haga el camarero". A Juan le requería menos esfuerzo limpiarlo él que conseguir la atención del camarero, obtendría el resultado antes y no le quitaría tiempo a quien sí necesitaba que le atendiese rápido con la comida. Pero para Susana era una cuestión de principios. "No aprenderá a hacer bien su trabajo si no le protestan", diría.

"Por fin", pensó, viéndola entrar. "Esta vez voy a quejarme, o nunca será puntual". Pero el pensamiento no duró mucho. "¿Para qué? Si ya lo sabe".

"Hola, preciosa".

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¿No tienes el código?

-Venga, hijo, que llegas tarde al trabajo, date prisa.

-Sí, es que estaba intentando abrir la cajacomida, pero no consigo que se abra...

-¿No tienes el código?

-No me lo han dado esta semana en la fábrica.

-Pues no se puede abrir.

-Ya. No queremos que nos envíen a los Cuasipol. Pero tengo hambre.

-No puedes comer de mi plato, lo siento. Ya lo sabes.

-Bueno, pues me voy al trabajo.

-Feliz cumpleaños...

-No está permitido celebrar...

-Es que ni siquiera recuerdo cuántos cumples.

-Siete años, papá, siete. Adiós que no quiero llegar tarde.

-Adiós.

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