Junio señalaba en Persia la mudanza del sultán a los palacios de verano. Obligado por la amenaza del alfanje, el pueblo se agolpaba para mostrar sumisión a la comitiva, especialmente cuando el enorme palanquín imperial acarreado por elefantes recorría las calles de Isfahán. Como extranjero también tuve que postrarme y mirar al suelo. Por el rabillo del ojo observé a un andrajoso erguido entre la multitud. Los soldados ignoraron su presencia, nadie parecía verle.
Al alejarse el desfile me acerqué a él con curiosidad. Los harapos que le malvestían despedían un hedor insoportable. Le pregunté por qué se le permitía ignorar la obligatoria genuflexión:
"Soy más poderoso que el sultán. Guardo los secretos de todas las familias. Si la muerte me llegara inesperada, mis mensajeros difundirían la verdad. El imperio desaparecería en horas.
Soy el que observa y escucha desde la oscuridad de desagües y cloacas.
Soy el fontanero imperial."
Mis vacaciones perfectas eran sobre dos ruedas. Unas veces recorriendo los caminos del pueblo en busca de aventuras; otras, huyendo del cinturón de don Ignacio, el hortelano, cuando nos descubría devorando sus sandías. Eran el delicioso sabor de tortilla recién cocinada, del helado almendrado en la piscina y la rebanada de pan con aceite de oliva que mi abuela nos preparaba todos los días para merendar.
Cuando enfermó y tenía tratamiento en la ciudad, nos la dejaba en la alacena junto a una nota: “Pan y oro para mis tesoros”. —Siempre tuvo una vis cómica—.
El día de su funeral, busqué refugió en la alacena para llorar tranquilo. Allí contemplé varias cazuelas de pan con aceite, junto con una nota: “Oro y pan duro para el futuro”. —Siempre tuvo esa vis cómica—.
Lágrimas y risas se entremezclaron confusamente mientras merendaba, en aquel último verano de mi niñez.
Felipe está contento y nervioso. Van a ser sus primeras vacaciones de verano en 15 años. Hasta hoy ha sido físicamente imposible disfrutar siquiera unos minutos de luz estival.
Guarda su escaso equipaje y se acomoda en el estrecho vehículo. No necesita más. Ni su mujer ni sus hijos, fallecidos durante la Tercera Guerra Mundial, le acompañarán.
Los kilómetros avanzan y las densas nubes se van disipando. El cielo empieza a lucir un azul tan intenso que duele en los ojos. Luego ennegrece y aparecen miles de estrellas. Nítidas, increíbles, ¡qué visión! La finísima capa superior de la atmósfera queda debajo, cubriendo el uniforme marrón y gris de la Tierra.
«Mi primer verano nuclear» se susurra a sí mismo, emocionado, intentando jugar con las palabras. La antítesis de la oscuridad y el hollín que le esperan nuevamente en tierra firme.
Se encaprichó de la chica con el pelo de Amélie que siempre veía sola en el gastro-bar donde hacían catas de cerveza artesanal, el que sustituyó a la tasca de toda la vida. Con su aspecto de “normie” poco podía hacer. “Renovarse o sufrirlo en soledad”, pensó.
Lo primero que hizo fue dejarse barba, pero a los cuatro días parecía que se había estado morreando con un tapiz, así que se afeitó.
Le pagó una morterada a un peluquero bigotudo y con tatuajes, pero al día siguiente parecía más un soldado alemán peinado por la onda expansiva de un proyectil que un entusiasta del cine de Kaurismäki.
Se compró monturas nuevas para las gafas, pero la pasta castigaba sus orejas de soplillo.
Rescató de una caja la Rolleiflex del abuelo, pero no sabía abrir la tapa para meter el carrete.
Decidió echarle valor y tirar de labia, así que se puso una camiseta vieja y unos vaqueros, y se fue en busca de Amélie.
Allí la encontró. Pidió dos cervezas de arándanos y entró a matar. A ella le gustó su camiseta de Matutano, pero le aburrió su parloteo.
—¿Todo esto se lo has preguntado a ChatGPT para impresionarme?—le interrumpió Amélie.
—¿ChatGPT?—contestó él haciéndose el indignado—¡Yo solo consulto la Enciclopedia Encarta!
Barrio de El Born, 2:30 de la madrugada.
- Le estaba contando a Ramiro lo de las sensaciones. Es que matar a alguien tiene muchas capas, no es simplemente cargárselo y ya. Es una proyección y una declaración de intenciones. Tiene su vibra, en plan una experiencia orgánica total. De algún modo tú estás siendo el que mata y la víctima, es un espejo en el que te miras para afirmarte ¿sabes? Es muy fuerte. Y va el tío y me dice: "Lo de la navaja es muy mainstream, yo lo de Jack el Destripador lo hacía cuando era chaval, pero si te quedas ahí y no evolucionas es todo aburrido. Eso antes molaba, ahora es muy charca".
- ¿Te parece normal lo que me suelta?
- Qué mal, tío.
- Tremendo gilipollas
Las dos figuras se alejan. Callados van pensando en el outfit con el que matarán mañana.
La especialidad filtrada en V60 con fermentación anaeróbica consiguió que rozaran las manos. Sonrieron. Salieron a la calle. Bajo la lluvia, un portal los juntó demasiado; el beso fue breve y prometedor. La noche, para beber despacio y prestar atención. Limpia, delicada y expresiva. Cuerpos ligeros sin acidez. Brillantes.
Artikan so su microrrelato Libertad se alza con un amplísimo margen con la victoria en esta semana semana del ciclo sobre el Futuro Imperfecto
El RoboCoronel accedió al Senado Imperial, subió al estrado de oradores y gritó, alzando su desintegrador láser:
-¡Quieto todo el mundo!
A los Senadores de la Europa Unida, sección Mediterránea, delegación de Iberia, les sonó aquello, formaba parte de su Historia.
Tras el desconcierto inicial, el más osado inquirió:
-Disculpe, RoboCoronel, ¿de dónde ha sacado esa expresión?
-No estoy seguro… Imagino que mi procesador de IA habrá buscado en la MultiRed una expresión adecuada para esta situación y ha escogido ésa.
-Pero sabe Ud. que esa frase tiene copyright, ¿verdad?
-Eeeh… ¿Cómo?
-Sí, copyright. Porque no estará dando Ud. un golpe de Estado comunista…
-¡¿CÓMO SE ATREVE?! ¡Éste es un golpe de robots de bien!
-Entonces, convendrá que o paga los royalties, o cambia de expresión.
El RoboCoronel lo piensa, sus ojos positrónicos parpadean mientras su IA trabaja frenéticamente y se sube de nuevo al estrado:
-¡TO' QUISQUI QUIETO PARAO!
- Sigo sin estar seguro. Dices que volverá a pasar. Entonces, ¿Por qué hacerlo? Cambio.
+ La humanidad tendrá la posibilidad de empezar de nuevo. Varios miles de años. La curiosidad y la inventiva es nuestro regalo envenenado. Volverán a desarrollar tecnologías, se harán dependientes de ellas, y apenas sabrán hacer nada, si la tecnología no se les va de las manos y se rebela como casi nos pasa a nosotros.
Ya sabes, todo destruido, que no quede nada. Si queda algún resto, antes o después lo descubrirán y acelerará la evolución de la tecnología. Cambio.
- ¿Esto ya ha pasado antes? Cambio
+ Puede que seamos los primeros, o que tengamos la suerte de que otros hicieron lo mismo que nosotros ahora. Da igual, ya está todo listo. Solo falta el último paso, mueve la palanca y despídete de la civilización de los atlantes. Cambio y corto.
En realidad, todos deseaban un desastre mundial; no es que fueran inconscientes, o estuvieran poco formados, o ideológicamente modificados, simplemente todos estaban deseando una gran guerra mundial, figurar en los libros de Historia, ver quién ganaría al final de la contienda como si fuera un partido de fútbol y poder comprobar que estaban en el bando ganador, que su equipo tenía buenos delanteros y buenos defensas. En resumidas cuentas, al final, a nadie le importaba una mierda si morían diez millones o cuarenta, a nadie.
Una loma desierta junto al Mare Galilaeae, miles de seguidores esperando escuchar sus palabras. Un discípulo le susurra:
-Maestro, están hambrientos.
Asintiendo, sacó de su zurrón una pizza, una deliciosa y enorme "4 Estaciones". Tras repartirla, lo volvió a abrir y una nueva pizza apareció para ser repartida.
-¡Milagro!-, exclamaron asombrados.
Una vez todos saciados, el Profeta alzó la vista:
-¡Bienaventurados los pobres, porque vuestrotrotrotrotro, ggrrrr, tik, tik…!
Un humo oscuro salió de sus oídos. Los discípulos gritaron, levantándose de un salto. Un trozo del cráneo, con su pelo, salió disparado, exponiendo unas lucecitas y unos hilos de colores. Todos huyeron: era cosa del Maligno.
-Grymok, otra vez…-, dijo el ingeniero. -Te dije que no estaba preparado.-
-Ha sido tanta pizza, demasiada energía al replicarlas, Kelnay, habrá que considerarlo en la próxima iteración.
-Vaya… Bueno, recoge el robot, y mantén camuflada la nave hasta la altura de seguridad. Volveremos pronto…
El futuro no existe hasta que se mide o experimenta. Percibirlo fija su estado, pasa de la indeterminación a la concreción. Es el principio de incertidumbre de Heisenberg funcionando ante nuestros ojos a escala macroscópica. Fabricamos el futuro constantemente, de manera irremediable e involuntaria.
Se podría predecir el porvenir, pero la máquina necesaria sería del tamaño del propio universo. Salvo que aislemos un conjunto finito de partículas, velocidades, sucesos y estados. En ese caso, con interferencias despreciables del resto del universo, sí podemos saber lo que va a ocurrir en minutos con una tasa de error de prácticamente cero.
- Como en esta habitación iso-hermética, ¿lo ve?
- No entiendo, ¿qué tengo que ver?
- Que está usted encerrado conmigo y sé lo que va pensar y hacer mientras nos quedemos aquí. Puedo verlo en este terminal.
- ¿Me está amenazando? ¿Qué pretende?
Sabiendo lo que ocurriría, entonces le besó.
Todos queremos volver atrás. Abrir los ojos en aquel día de playa con los pies donde marchitan las olas. Susurra la mar que serpentea pianissimo en la orilla; azul viridiano, reflejo de agosto, efigie de marfil en sus cumbres turquesa.
Martirizada mi madre, que se apoyaba sobre sus manos bajo la sombrilla, miraba al sol con los ojos entrecerrados. Color de la arena mojada, su piel de pulida mocedad, miraba despreocupada a su hijo que por un instante era feliz.
"¡No te metas mucho!", me decía aun sabiendo que lo haría. Pero no hoy, que he vuelto por un momento. Estoy aquí contigo. No dejes que me meta de nuevo en ese océano de precario porvenir. Su fondo, color de luto y fuego extinto, me eclipsa. Me da miedo. No dejes de mirarme, mamá. Nunca supe articularte mi amor. Pero ahora ya sé. Ahora soy mayor.
Melancólico sastre que coses pena en mi alma, Dios misericordioso, dame un minuto más. ¿Dónde está mi padre? Papá, mírame tú también. Ahora soy grande como tú. Las sádicas vicisitudes de la vida han modelado mi cuerpo, pero sigo siendo tu hijo. Nunca hablamos mucho. Los callos de tus manos, valles y montañas esculpidas con dolor, posaban su angustia en el abrazo que yo te regalaba embelesado.
Cuando cierro los ojos, vuelvo al ahora. Este cuchitril de hormigón; gris ceniza, lluvia sobre el asfalto. Untado mi paladar con el sabor de la sangre y la clausura. Supongo que todos queremos volver atrás.
Otra patera. No sé cuántas llevamos ya. ¿Huyen de la miseria o es una invasión? Mi compañero observa atentamente, con el dedo en el gatillo, mientras desembarcan nuevos inmigrantes ilegales. Si se produce algún acto hostil, ya sabe qué hacer.
Cada día son más las voces que reclaman soluciones enérgicas. Aunque seamos solidarios, nuestros recursos son limitados y se ha de priorizar a los de aquí. Muchos ven intención más que necesidad: ¿por qué no se quedan en su tierra e intentan arreglarla? ¿Acaso quieren diluir nuestra población a modo de conquista silenciosa?
Intento no ser racista, a pesar de las pruebas que nos da la Historia. Al fin y al cabo, desde que la glaciación arrasó Europa, los blancos la utilizan como excusa para cruzar el Sáhara. Pero todos sabemos que son incompatibles con la verdadera Fe y, por tanto, con la Civilización.
Maldito Enero
mmm
Evitar tópicos
mmm
Maldito Enero
Me rindo
Empezar el año rindiéndome
Enero es tristeza. Es sentir que le has dado a tu vida un giro de 360 grados. Enero son los kilos que cogiste durante las fiestas, o peor: los que no cogistes. Enero es ese fichaje que hace tu equipo por haber planificado mal la plantilla en verano. Es la vigesimosegunda entrega de esos fascículos que empezaste a comprar el septiembre, y que ahora cuestan ocho veces más que el primero.
Enero es cuando empiezas a ahorrar para las vacaciones. Café caliente a oscuras, hielo en la luna del coche y sexo bajo una manta. Conciertos en auditorio, carteras vacías y promesas olvidadas. Niños cansados y adultos apesadumbrados.
Porque enero es como ese resfriado persistente que no se quita, o el olor a leña quemada que impregna la ropa. Sólo queda esperar a febrero y que, a lo mejor o por fin, podramos respirar aire fresco.
Su mirada se perdía en el brillo tornasolado de la ginebra sobre una roca de hielo, lastimada por el último sol de la tarde. Reflexionaba cansado sobre el futuro de Chuekham y Arganzuelham. Sabía que WonderDíaz aún no estaba preparada para tomar el relevo. Sancheto estaba debilitado, pero siempre volvía con más fuerza.
Igualmente caería bajo sus artimañas, como ya lo hicieran Coletalipsis, Facuaman, Thoriol y los Puigdevengers.
Cada vez tenía más aliados, y cada vez más incompetentes.
Sonreía con decepción pensando en El Increíble Feijulk , tan prescindible como los Cuatro Fanáticos.
¿ Quién detendría la era de Oltrón ? ¿ Quién enfrentaría a Errejocker ? ¿ Quien fulminaría a Yollandax ?
Desde luego, ni Danadevil, ni el Capitán Chamartín vencerían a los superrufianos.
Este seguía siendo un trabajo para Supermar…
Ana le dijo a Ángel que se había enamorado de él en cuanto lo vio. Sí, Ángel, estabas en el restaurante, con tus amigas, y me pregunté por qué yo no era una de ella. Allí estaban todas, riéndote las gracias y tú con la mejor de tus sonrisas. Lo demás fue sencillo: tomarme un café contigo, algunos besos, mi cuerpo conociendo tu cuerpo, hasta ser los dos y ser uno. Pasó el tiempo pero ahí me tenías, para todo aquello que deseabas. Imagino que así es el amor. Algunas noches, sencillamente, nos callábamos: tal era ya nuestra complicidad. Una película de cine mudo. Llegó algún problema, algún malentendido. Yo te seguía amando. Pero no encontraba el amor en tus ojos. Ni siquiera era deseo. Pensé, durante un tiempo, en que podríamos haber sido una película digna de un Óscar cuando lo único que llegamos a ser fue un film de sobremesa de Antena 3.
Bailaba la hoja de parra, cimbreando su verdor en la brisa tibia. Su cuerpo, tenso de savia, se ofrecía al sol como un poema desplegado. No temía al viento ni al agua, solo a la sombra que, sin ruido, llegaba.
Y llegó.
Era un susurro en la nervadura, un aliento oscuro que se enroscó en su piel con la ternura de un amante hambriento. No mordió ni hirió, solo se posó. Un roce apenas, un beso clandestino.
Pero el beso ardía.
La hoja quiso temblar, pero su danza se volvió espasmo. Sus venas, otrora ríos de jade, se llenaron de sombras. Su pulso lento se rindió a la invasión callada.
El sol siguió ardiendo, indiferente al efímero contacto.
Y un día, la hoja cayó, cediendo al peso de aquel beso verde que no era amor, sino condena.
La exposición a un veneno genera resistencia. Es un hecho médico.
La joven arreglaba su maquillaje, sacó su barra de labios carmesí. La que usaba en las ocasiones más especiales, aquellas en que un beso sellaba una emoción, un destino.
Regresando al vagón restaurante del Orient Express sonrió. Tanto lujo, tanta decadencia. El tono cobrizo de su vestido resaltaba con las cálidas luces de esa velada.
Un cambio súbito en su equilibrio. El tren tomaba una curva. Unas fuertes manos sujetando su cintura. Su cita mirándola a los ojos, la viril sonrisa derritiendo su alma. Iba a besarle, era el momento. Una sensual mirada. Una boca entreabierta.
Sus labios se fundieron, y las letales toxinas del carmín de labios inundaron la boca de su acompañante. Aturdido, se dirigió a su mesa, mientras ella sonreía. Siempre recordaría ese beso. Ella jamás olvidaba los rostros de sus objetivos.
Otra misión exitosa.
Toda la semana había dejado la casa para “paso de revista” como diría él, “Bien recogida” como diría ella. Jamás le perdonaría que no fuese así.
Esa mañana la duchó, le secó el pelo, la peinó y le puso el vestido que más le gustaba. A decir verdad, le quedaba un poco flojo ya. La dejó acostada sobre la cama hecha.
Ella miraba el techo con su habitual mirada perdida.
Él empezó a recordar. A sus 75 años años había muchas cosas para recordar. Sobre todo, a su hijo, al que una negligencia médica se lo llevó muchos años atrás. “Nunca se olvida, pero se aprende a vivir con ello”. Y su manera de vivirlo era dejar correr una lágrima por su mejilla y a la vez reír recordando la primera vez que recorrió el largo pasillo de éste, su último piso.
Esa risa hizo que ella lo mirara y en ese momento él se dio cuenta de que era uno de esos fugaces momentos en que lo recordaba.
Y la besó… La besó sabiendo que era la última vez que lo hacía…
Fue al comedor. Puso los papeles en la mesa. Hoy hace justo un año de la aprobación de su ingreso en residencia “en cuanto haya plaza disponible”. Puso ese papel en el centro. Las posteriores peticiones y reclamaciones alrededor.
Ocultando el verdadero problema, a la mañana siguiente, ella engrosaría la lista de mujeres muertas por violencia de género.
Ya tenemos tema para esta semana: El peor resultado
Me lo jugué todo a una carta, lo aposté todo a mí mismo. Perdí la vida.
Otra mañana gris amanezco sin ganas de nada. Las mantas me atenazan dentro de la cama, como lo hacen las voces dentro de mi cabeza.
Sus risas desayunando se mezclan con el susurro: "No son tu familia, son demonios invadiendo su cuerpo. Tienes que liberarlos".
Palpo a ciegas bajo la cama y encuentro la caja donde escondí mi destino.
La cara o la cruz, la medicación o el cuchillo.
No soy yo quien lo va a elegir.
La moneda gira por el aire hasta que mis dedos encuentran el frío metal.
Cierro los ojos y cuento.
Tres, dos, uno...
menéame