Hermógenes se pegó un tiro cuando supo que su mujer se iba con otro. Con un hombre casado además.
En realidad no fue todo tan rápido: llevaba siete años casado con Helena y todo iba bien, o eso le parecía a él.
Todo era armónico. No eran ricos pero llegaban a fin de mes sin apreturas. Se acatarraban de cuando en vez pero no padecían peores enfermedades. Discutían lo bastante para no aburrirse pero no tanto como para irritar a los vecinos.
Todo iba bien, pero falló algo.
Nunca supo cómo conoció ella a Ulises. Ulises vivía en un ciudad a doscientos kilómetros de la suya y era médico pediatra. Hermógenes se resignó al abandono de Helena, hizo las maletas y se presentó en casa de Ulises, sabiendo que él no estaría. Lo recibió Andrea, la esposa abandonada, y compartieron la tarde intercambiando amarguras, soledades y orgullos maltrechos.
Antes de irse, Hermógenes le propuso a Andrea que se fuera a vivir con él. No podía ser de otro modo.
Andrea se negó escandalizada y Hermógenes no pudo entenderlo. Para él, aquello era la destrucción de todo lo que era y todo aquello en lo que creía.
Por eso escribió una carta contando lo que le había sucedido y se pegó un tiro.
Sus amigos de la Sociedad Matemática sufragaron su lápida, grabada con unas pocas palabras:
HERMÓGENES
(1968 - 2009)
BIYECTIVO
1, 2, 3, 5, 8, 13... y así hasta el infinito: www.revistamercurio.es/2026/05/10/de-numeros-no-hay-tema/
Antonio Linares se ajustó las gafas, carraspeó como si fuera hablar, y se dispuso a escribir en el folio en blanco.
Sólo tenía que lanzar una frase, como si fuera una piedra en un estanque, y dejarse llevar por la imaginación.
A veces pensaba en lo fraudulento de todo ello. Lanzar un prompt azaroso, y dejar que las musas de la inteligencia natural escribieran el relato por él.
Luego pondría su nombre, y se sentiría orgulloso, inflado, pagado, estético.
Pero la lujuria de escribir era no más que disfrutar de ser violado, usado como un instrumento, amanuense dócil que sólo pesca en el flujo indemostrable de su pensamiento.
Y se sintió, como tras un orgasmo robado, lastimoso, inflado, apagado, epentético.
Cada martes, puntual a su cita, el hombre de aspecto descuidado recorre los pasillos de madera crujiente con la solemnidad de un sabio. Sus dedos amarilleados acarician los lomos de cuero y tela, deteniéndose en ediciones descatalogadas con una precisión casi geométrica. Las dependientas lo observan entre el vuelo de las motas de polvo, cautivadas por el enigma de ese cliente metódico que parece atesorar una cultura infinita bajo sus ropas gastadas.
Esta tarde, al pagar, se marcha olvidando las monedas del cambio. Una de las jóvenes sale tras él, pero se detiene en seco al girar la esquina: lo ve arrojar el libro intacto a una papelera y seguir caminando, como si huyera de un fantasma.
El hombre camina con el pecho ardiendo, destrozado por su propia farsa. Solo quería descubrir aquellos mundos, pero al abrir la primera página, se descubre de nuevo condenado al silencio blanco de las letras. Nunca aprendió a leer, y ese vacío es una herida que cada martes vuelve a sangrar.
Los allí presentes se miraban confundidos. Susurraban y repiqueteaban con los dedos los pupitres. Miraban de tanto en tanto el altavoz colgado en la pared. Nada. Silencio. Algunos se levantaron, abrieron las ventanas y dejaron volar libre su imaginación.
menéame