Durante siglos, iglesias y catedrales no solo servían para orientar a los fieles hacia Dios, sino también para marcar las jerarquías del poder terrenal tras la muerte. Mientras el pueblo llano era sepultado en camposantos exteriores, expuestos a los elementos y al olvido, la nobleza y la alta burguesía libraban una batalla silenciosa por ocupar cada centímetro de suelo bajo las naves sagradas. Hacerse enterrar en una iglesia no era una cuestión de estética, sino de «seguro de vida» espiritual.
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Pero fíjate si ganaban dinero, que hecha la ley, empezó la trampa. Por ejemplo, a Adolfo Suárez lo enterraron en el clautro de la Catedral de Ávila porque técnicamente no forma parte de la iglesia en sí (entonces que pague IBI, ¿no, monseñor?).
Pues no sé si lo habrán prohibido, pero yo juraría que hay tumbas y panteones posteriores a dicho concilio.
1242 No deben enterrarse cadáveres en las iglesias, a no ser que se trate del Romano Pontífice o de sepultar en su propia iglesia a los Cardenales o a los Obispos diocesanos, incluso «eméritos».
Con anterioridad a ese punto canónico procedente del Concilio Vaticano II, en España no estaba permitido enterrar en iglesias por una real cédula de Carlos III que entró en vigor en 1787.
cecosam.cordoba.es/images/pdf/Curiosidades/AMCO_AH_090601_SF_C_0869-00
Acontece que no es poco, de Nieves Concostrina. Es muy ameno y da mucha información de éste tema.
Gracias en cualquier caso, es muy interesante. A mí me fascina esa capilla. Y el Doncel, claro, que es una escultura de una sutileza casi divina.