Antonio Linares se ajustó las gafas, carraspeó como si fuera hablar, y se dispuso a escribir en el folio en blanco.
Sólo tenía que lanzar una frase, como si fuera una piedra en un estanque, y dejarse llevar por la imaginación.
A veces pensaba en lo fraudulento de todo ello. Lanzar un prompt azaroso, y dejar que las musas de la inteligencia natural escribieran el relato por él.
Luego pondría su nombre, y se sentiría orgulloso, inflado, pagado, estético.
Pero la lujuria de escribir era no más que disfrutar de ser violado, usado como un instrumento, amanuense dócil que sólo pesca en el flujo indemostrable de su pensamiento.
Y se sintió, como tras un orgasmo robado, lastimoso, inflado, apagado, epentético.
-Grupo HK23, coordenadas 12,223, -(menos)42,398. Objetivos comprobados. Lanzamiento de Segador-Dos, cuatro, quince y treinta.
-Recibido, Central Nord. Lanzaderas listas para interceptar objetos no tripulados en zona de conflicto. Lanzamiento efectuado.
-Negativo, primero los humanos, orden prioritaria Alfa212...
-Central Nord, solicito revisen posible alucinación en parámetros 14 y 23. La orden es “lo humano primero”, no “los humanos primero”.
-(...)
Cuando llegó, todo eran sonrisas. El señor resultaba de lo más gracioso y todos reían sus gracias. Era un rico como tantos otros, con tiempo para jugar al golf, comer con fruición y molestar lo menos posible al servicio, encantado de, por una vez, no sucumbir a las locuras de un nuevo rico. Jugaba al golf, comía y bebía, realizaba fiestas que lo hacían sentir satisfecho. Hasta que ya no. Empezaron entonces los rituales extraños, en que bebía la sangre de personas puras, aunque nadie sabía qué demonios significaba eso. Algunos decidieron que seguirlo era la única opción y lo convirtieron en un nuevo dios, aceptando cada nuevo capricho que deseaba. Le dieron un nombre: salvador. Y rechazaron salvarse ellos mismos. El nuevo mesías se hizo monstruo. Las sonrisas se congelaron. Todos demostraron un nulo juicio.
La multitud caminaba en silencio, cabizbaja, mirando las pantallas sostenidas entre las manos. El sol caía de lado. La brisa, fría. De pronto, una figura encapuchada trepó a la fuente. Sin esperar permiso, bramó:
“Las ideas siempre han sido armas.
No descubro nada nuevo.
Pero ciertos “algunos”
lo tienen más claro que el resto.
Acudimos entusiasmados
a ególatras bacanales,
de estética forzada,
aparentemente inocente,
con la guardia baja
y las ganas de ser parte.
Pero ellos nos reciben
con el algoritmo entre los dientes.
Fusilan a quemarropa
a todos los presentes
con delirios, extravagancias,
que como la peste,
se extienden.
Y nosotros,
nosotros nos descubrimos,
descubrimos abierto el pecho,
lo que no es el pecho,
y peor, la mente.
Las ideas siempre han sido armas.
Deberíamos tenerlo bien presente.
Para doblegar su fría IA,
que sean ellos quienes lamenten.
Inocular nuestros ideales,
los amores, la vida, las artes,
las ideas de gente sencilla,
convertirnos todos en armas,
armas de construcción masiva.”
Del gentío, algunas cabezas se alzaron. Y así fue como todo comenzó.
Los Zhao llegaron un domingo por la tarde, hora WKTZ.
Como sirvientes biomecánicos de los misteriosos Fawn, declararon que el sistema solar, incluidos todos sus planetas, lunas y cuerpos menores, ahora les pertenecía por derecho galáctico y que iban a proceder a desalojar a los humanos a la mayor brevedad posible, pero que aun podrían disfrutar de la estancia en el planeta mientras hubiera inocentes en el mundo.
Luego, definieron a los inocentes como cualquier infante de la especie homo electrosapiens menor de cinco años, así que todos pudieron respirar aliviados y los gobiernos de las tres zonas de influencia mundial acordaron el fin de la cuarta guerra mundial y la obligación de toda hembra de concebir al menos media docena de churumbeles para mantener una abundante cantidad de inocentes.
Como los Zhao no eran tontos, asintieron con suficiencia y procedieron a utilizar sus rayos de esterilización mundial, asegurándose de modular sus ondas en la frecuencia de los homo electrosapiens.
Cinco años después, Alékkutin, el último niño de cuatro años, procedió a soplar las cinco velas de su tarta intentando comprender por qué todo el mundo lloraba a moco tendido, pero sobre todo, por qué no había regalos.
Los hermanos y hermanas fueron llegando con sus parejas e hijos. Los padres estaban felicísimos: era la primera vez en años que conseguían reunirlos a todos para la comida de Navidad.
Algunos habían trabajado juntos, y acabo mal. Otros compartían aficiones, incluso con algún cuñado, y acabó mal. Otros tenían perspectivas políticas opuestas, y acabaron a gritos.
Así que la madre sólo les exigió, a todos y cada uno, no hablar de aquello que pudiera ofender a algún otro de los hermanos y hermanas, o a sus parejas, no quería acabar como antes de que se terminasen las comidas de Navidad, porque nadie quería ir: en batalla campal de improperios, en insultos, en rencillas.
Antes de la cena se veían grupitos de 2, a lo sumo 3 personas, de concuñadas, algún hermano con el padre, cuchicheando… hasta que la madre llamo a cenar.
Se hizo el silencio más absoluto.
Tomad nota. Nosotros nos ocupamos en primer lugar de lo humano, y sólo después de lo económico y social.
Hay tres clases de impulsos humanos:
-Aquellos impulsos que pueden ser satisfechos con un esfuerzo mínimo.
-Aquellos que pueden ser satisfechos pero sólo con el coste de un esfuerzo serio.
-Aquellos que no pueden ser satisfechos adecuadamente, sin importar cuanto esfuerzo hagamos.
Cuantos más impulsos haya en el tercer grupo habrá más frustración, cólera, eventualmente derrotismo, depresión, etc. O sea, más clientes.
La sociedad moderna trata de desplazar los deseos humanos al primer y al tercer grupo, dejando los del grupo segundo para la industria de los psicofármacos. Ese es nuestro terreno.
Recordadlo: los que echan la culpa al sistema o a la sociedad, no toman pastillas. Los buenos clientes saben que la enfermedad está en ellos y no en su entorno. Lo humano primero. No os canséis de repetirlo.
La tensión se mascaba en el ambiente:
-¡El 21!
Se escucharon maldiciones, lápices rascando los cartones al tachar (los afortunados), suspiros…
-¡El 38!
-¡Bingo!
Miradas, más maldiciones, exabruptos, algún intento de componenda ("te lo cambio por 20 paquetes"), pero el afortunado no pensaba cambiar ese cartón premiado por nada. Levantó el cartón en alto y Frank, el responsable del sorteo, le hizo ademán para que se acercase a la mesa.
-¡Felicidades a Gabe, el afortunado! -dijo mientras le daba un apretón de manos al agraciado.
Era la única vez que a Gabe le había pasado algo bueno en la vida, y no pensaba desperdiciarlo.
-Como sabéis, el ganador tiene derecho a un fin de semana con su familia- dijo Frank, director de la Prisión Federal de Alta Seguridad de Beaumont, Texas. -Alguacil, prepare el operativo.
El reportero tuvo que pelear con colegas, guardaespaldas y un perro de aguas para llegar hasta Salustiano Colmíllez, recientemente agraciado con el bote, el bidón y el tonel de la Lotería Primitiva Mundial y Cósmica.
Porque no eran unos milloncejos. Eran nada más y nada menos que ocho mil cien millones de euros.
Amparado por el temor reverente al directo, nuestro cronista logró arrastrarse hasta las botas del protagonista y formular la pregunta decisiva:
—¿Qué va a hacer con los ocho mil cien millones, Salustiano?
El interpelado, más pelado que inter a juzgar por los derrapes de las moscas sobre su cráneo, se aclaró la garganta y miró a la cámara.
—¿El dinero, me dice? Pues juntarlo con los otros nueve mil quinientos millones de euros que ya tengo en el banco. ¡Vaya pregunta! ¿O se cree que la Fortuna no sabe bien lo que hace?
La prensa hablaba de mí provocando al lector para escandalizarle describiéndome como a un monstruo sin sentimientos, indiferente a lo que ocurría en el juicio.
Me odió todo el mundo. No me importó.
Mi vida estuvo, cada día, asfixiada por incertidumbres. El miedo de equivocarse en cada decisión, el horror de comprobar que esa equivocación se había producido. Dilemas, temores y pesadumbres eran mis compañeros indeseados y odiosos.
Nunca sabréis que escuchar la sentencia condenatoria fue un inefable bálsamo. El implícito premio era no tener nunca más que decidir. No tener nunca más que equivocarse.
Cada martes, puntual a su cita, el hombre de aspecto descuidado recorre los pasillos de madera crujiente con la solemnidad de un sabio. Sus dedos amarilleados acarician los lomos de cuero y tela, deteniéndose en ediciones descatalogadas con una precisión casi geométrica. Las dependientas lo observan entre el vuelo de las motas de polvo, cautivadas por el enigma de ese cliente metódico que parece atesorar una cultura infinita bajo sus ropas gastadas.
Esta tarde, al pagar, se marcha olvidando las monedas del cambio. Una de las jóvenes sale tras él, pero se detiene en seco al girar la esquina: lo ve arrojar el libro intacto a una papelera y seguir caminando, como si huyera de un fantasma.
El hombre camina con el pecho ardiendo, destrozado por su propia farsa. Solo quería descubrir aquellos mundos, pero al abrir la primera página, se descubre de nuevo condenado al silencio blanco de las letras. Nunca aprendió a leer, y ese vacío es una herida que cada martes vuelve a sangrar.
-Pues sin tema esta semana... –dijo la parte reflexiva.
-Menudo morro, con lo fácil que es elegir un tema –dijo el departamento quejoso.
-Podemos contar algo usando “tema y rema”... –dijo el optimista.
-Gafapasta –respondió la parte iletrada y orgullosa de ello.
-Hay una ciudad en Ghana que se llama Tema –la parte reflexiva seguía a lo suyo.
-Y si la abuela tuviera ruedas... –respondió el quejoso.
-¿Y el tema en la morfología lingüistica? -añadió el Maximus Gafapastorum.
-¿El temita con Lourdes? –dijo el viejo verde mental.
-Tú siempre pensando en lo mismo...
-¿Temas musicales? –dijo la parte más musical del cerebro.
-Ya me aburro de pensarlo... ¿tema en informática?
-El otro pedante... el que faltaba...
-Pues nada, esta semana no participamos y punto.
-¿No tienes curro que entregar esta semana, so cenutrio?
-Ostras, es verdad... –respondieron casi todos a la vez.
Llegaron con las manos vacías y los ojos llenos de ceniza. La antigua Venus, su obra maestra, yacía partida en el cielo como una nuez podrida. La habían perforado por dentro, drenado su núcleo para construir flotas estelares. Cuando la corteza se derrumbó, solo unos pocos escaparon a la Tierra en cápsulas de rescate.
Perdieron los hornos de fusión. Perdieron los genes editados. Sus hijos olvidaron el lenguaje, luego el fuego.
Ahora, miles de años después, sus descendientes viven en cavernas y temen a la luna. Pero lo que nunca perdieron fue ese instinto antiguo: la certeza de que todo puede ser desguazado. Esta noche, mientras miran el cielo con hachas de piedra, han decidido construir una torre hasta las estrellas.
Para romperlas también.
Los allí presentes se miraban confundidos. Susurraban y repiqueteaban con los dedos los pupitres. Miraban de tanto en tanto el altavoz colgado en la pared. Nada. Silencio. Algunos se levantaron, abrieron las ventanas y dejaron volar libre su imaginación.
menéame