El doomscrolling —sentarse durante horas a ir viendo con el dedo actualizaciones en redes sociales que hacen que tu mal rollo solo vaya en aumento, de forma que sigues dándole todavía más— no es un fenómeno exclusivo juvenil. Estaría bien que alguien lo investigase con solvencia, pero tengo la impresión de que está causando más estragos en la tercera edad que en los niños que viven con ellos hasta los cuarenta años y más allá.
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Febrero 2026, de ayer mismo.