Si nacemos en este mundo con necesidades tales como la de alimentarnos, dormir o relacionarnos con los demás, es evidente que satisfacerlas produce placer. En sus textos, Aristóteles compara esta felicidad con la de los animales, la versión más primitiva del hombre. Es un camino que busca la felicidad por medio del impulso y que, desgraciadamente, tiene corto recorrido. Si nuestra felicidad depende de la satisfacción de los deseos está condenada a ser finita. Y según el filósofo, alcanzar la felicidad es el fin último de la vida humana.
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